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Antes de nacer Filomena, sus padres no tenían hijos, por ello no cesaban de ofrecer sacrificios y oraciones a los dioses falsos para poder tenerlos. Más tarde se convirtieron al Cristianismo y fueron felices de ser lavados en las aguas del Bautismo.
Filomena nació el 10 de enero del año siguiente, y la llamaron "Lumena" o "Luz" porque había nacido en la luz de la Fe, a la cual ya sus padres pertenecían de todo corazón. En el bautismo le pusieron el nombre de Filomena que significa “amiga de aquella luz”, que por la gracia de este sacramento, iluminó su alma.

Cuando Filomena tenía 13 años sus padres viajaron con ella a Roma por motivo de una injusta declaración de guerra hecha contra su familia y esperaban hacer la paz con el soberbio y poderoso Emperador romano. El emperador accedió a la súplica de paz pidiendo a cambio la mano de Filomena para casarse con ella. Los padres de Filomena aceptaron la condición y después de llegar a su casa trataron de convencerla asegurando así, le decían, su futura felicidad como Emperatriz de Roma. Ella rehusó este gran honor, manifestando que era la esposa de Jesucristo ante lo cual su padre decía que una niña como era ella no podía seguir la voluntad propia. El emperador se enteró de esta negativa y los mandó a buscar para convencer a Filomena.

Estando nuevamente en Roma, los padres de Filomena se pusieron de rodillas ante ella pidiéndole que desistiera por el bien de su patria. El emperador entonces les hizo toda clase de promesas para que la niña aceptase el matrimonio pero fue en vano. Recurrió a amenazas sin resultado. Al fin, en un acceso de locura, inspirado por el demonio, mandó que fuera echada a un calabozo, debajo del palacio imperial.

En aquel lugar le ataron manos y pies con cadenas pesadas, con la esperanza de poder persuadirla a que se casara con este hombre en cuya alma reinaba solamente el espíritu malo. Diariamente la visitaba el mismo Emperador, renovando sus propuestas. Ordenó le quitaran las cadenas para permitirle tomar el pan y agua que eran su único alimento, viendo que ni así podía conseguir nada, recurrió a los tormentos. En todo este tiempo Filomena se abandonó en los brazos de Jesús y de su Madre bendita.

Al fin de 37 días de terribles sufrimientos, a Filomena se le apareció la Reina de los cielos, rodeada de una luz brillante, y llevando a su Hijo en brazos. "Hija mía, dijo, pasarás tres días más aquí, y al cuadragésimo de encarcelamiento, saldrás de éste lugar de penas". Estas dulces palabras la llenaron de un gozo celestial. "Cuando lo dejes, proseguía la Santa Madre de Dios, padecerás suplicios crueles por el amor de mi Hijo". Esta noticia la llenó de miedo y sintió la amarga agonía de la muerte. "Ánimo hija querida, añadió la Virgen, querida sobre todas las demás, porque llevas mi nombre y el de mi Hijo. Te llamas Lumena, o sea luz. Mi Hijo tu Esposo se llama luz, estrella, sol. ¿Y no soy yo también llamada aurora, estrella, luna? Yo seré tu fuerza. La naturaleza humana es muy débil, pero cuando llegue el momento de la prueba, recibirás fortaleza y gracia. Además de tu Ángel de la guarda tendrás a tu lado al Arcángel San Gabriel, cuyo nombre significa "la fuerza del Señor", sobre la tierra fue mi protector y ahora le envío a ti querida hija mía". Estas palabras de consuelo le levantaron el corazón y desapareció la visión, dejando un perfume que se esparció por todo el calabozo.

El Emperador, empeñado en hacerle consentir, recurría al tormento, creyendo que de esta manera podría asustarle e inducirle a renunciar a su voto de castidad. Por mandato fue atada a un pilar, y azotada sin misericordia. El tirano, conociendo que su resolución era firme e irrevocable, aunque su cuerpo no era más que una llaga, mandó que le llevasen a la cárcel a morir. El pensamiento de la muerte y el descanso sobre el pecho de su Esposo consolaban a Filomena, cuando aparecieron dos Ángeles radiantes de hermosura, que derramaron un ungüento celestial sobre sus llagas, y le curaron. A la mañana siguiente lo supo el Emperador, que se llenó de sorpresa. Viéndola más fuerte y más hermosa que nunca, quiso persuadirle que debía este favor a Júpiter, quien la libraba de la muerte para que su frente ciñera la corona imperial. Inspirada por el Espíritu Santo respondía a sus argumentos falsos y resistía a sus halagos. Enfurecido por no conseguir su propósito, dio órdenes para que le arrojasen al río Tiber con un ancla atado al cuello.

Por Jesús, para demostrar su poder y confundir a los dioses falsos, envió de nuevo a dos Ángeles en su socorro; cortaron la cuerda y el ancla cayó al fondo del río. Después le llevaron a la orilla sin que el agua hubiese tocado sus vestidos. Algunos que presenciaron este hecho milagroso se convirtieron; pero Diocleciano, más ciego que faraón, declaró que era una bruja, y ordenó que su cuerpo fuese atravesado por flechas. Herida de muerte otra vez, fue arrojada en la cárcel, donde en lugar de morir, el Señor le envió un sueño tranquilo, del cual despertó tan hermosa como antes. Más enfurecido por el nuevo milagro, el Emperador, mandó que el tormento fuera repetido hasta que expirase; pero las flechas no salían del arco. Diocleciano atribuyó esto a la magia y esperando que la brujería no pudiese contra el fuego, mandó que las flechas fuesen calentadas en un hornillo. Esta precaución fue en vano.

El Esposo Divino le salvó del tormento, volviendo las flechas contra los mismos soldados, de los cuales 6 cayeron muertos. Este último milagro causó otras muchas conversiones, dando la multitud manifiestas señales de rebelión contra Diocleciano y reverencia para la Fe cristiana. Temiendo consecuencias más graves el emperador mandó le cortaran la cabeza. Gloriosa y triunfante subió su alma a los cielos para recibir allí la corona de su virginidad, merecida por tantas victorias.
Esto sucedió el 10 de agosto, un viernes a las 3 de la tarde.

Hallazgo de su cuerpo
El cuerpo de Santa Filomena fue encontrado en las excavaciones de las Catacumbas de Roma el 25 de mayo de 1802, en el reinado del Papa Pío VII. El Padre Francisco de Lucía alcanzó un gran milagro de esta Santa y consiguió que la Santa Sede envíe el cuerpo de la Santa a Mugnano, su Parroquia en Italia donde está hoy.

Santa Filomena se le aparecía frecuentemente al Santo Juan Bautista María Vianney (Santo Cura de Ars) patrono de los Sacerdotes y éste por su intercesión hacía milagros nunca vistos.
Para alcanzar alguna gracia difícil, es necesario estar en estado de gracia, a través de una confesión individual bien hecha y hacer una novena de comuniones rezando la oración y, si fuera posible, mandar a celebrar 13 Misas en honor a los 13 años que vivió, por la conversión de los pecadores y a favor de las almas del purgatorio.



El gran nombre de FILOMENA significa en latín estas palabras: FILIA LUMINIS, es decir, HIJA DE LA LUZ. Ella ilumina en esta época oscura y corrupta, confundiendo la sonrisa de desprecio del materialismo. Ella es la PATRONA DE LOS HIJOS DE MARÍA. Hoy, su misión, es atraernos a nosotros al Inmaculado Corazón de María por medio de la imitación de su heroica virtud de la pureza, obediencia y humildad. Santa Filomena es ÁNCORA DE ESPERANZA, en esta oscura época de desesperanza.

Los rigurosos Últimos Tiempos han llegado. Están clara y universalmente marcados por el ocultismo, modernismo, materialismo, espiritismo, desesperanza y una general apostasía de la Fe. Desde los comienzos del Cristianismo, nunca las fuerzas de las tinieblas han tenido tanto poder como en el día de hoy. Santa Filomena es ¡LA NUEVA LUZ DE LA IGLESIA MILITANTE! Este título le ha sido conferido a ella por San Juan María Vianney (El Santo Cura de Ars), heroico confesor y patrono de todos los párrocos.

Verdaderamente, poco se sabe históricamente de Santa Filomena. Su historia real comienza cuando sus santos restos mortales fueron encontrados en la oscuridad de las Catacumbas de Santa Priscila en las que descansaron hace unos mil setecientos años.
Pero Dios es maravilloso en sus santos, y Santa Filomena de modo impresionante ejemplifica esta frecuente y repetida verdad. Después de permitir que su nombre y su memoria fueran sepultados por siglos junto a sus restos mortales, Él atrajo la atención de la Humanidad hacia esta pequeña doncella mártir, y ahora obra asombrosos prodigios en nombre de ella, como si deseara mostrar de esta manera, que Él quiere recompensar el largo tiempo que permitió que ella permaneciera en la oscuridad.

Las reliquias de Santa Filomena fueron desenterradas a principios de siglo XIX, el 24 de Mayo de 1802. El emblema del lirio y la palma estaba grabado en el sepulcro de la santa para indicar su virginidad y su martirio. También había un ancla, un látigo, y tres flechas, dos apuntando en dirección opuesta, y una con la línea curvada en ella, significando fuego e intentando simbolizar los diferentes tormentos que la mártir sufrió en testimonio de su fe y amor a Jesucristo.

Santa Filomena fue formalmente elevada a los altares por Su Santidad el Papa Gregorio XVI en una infalible declaración hecha pública en nombre de la Santa Madre Iglesia para edificación de todos los fieles y para Gloria de Dios en el tiempo y en la Eternidad.
El mismo Papa fue testigo de la curación milagrosa de PAULINE JARICOT, fundadora del Rosario Viviente, en el Santuario de Santa Filomena en Mugnano, Italia.
La historia de la vida de Santa Filomena está basada en revelaciones privadas hechas por la santa en 1863 a tres personas diferentes, en respuesta a las oraciones de varios devotos de Santa Filomena, para permitirles que sepan saber quién era ella y como hizo frente al martirio.

Esas personas favorecidas eran un joven artista de buena moral y piadosa vida, un celoso sacerdote y una devota monja de Nápoles, la Venerable Madre María Luisa de Jesús. Mientras que la Santa Sede no garantiza la autenticidad de las pretendidas revelaciones, el Santo Oficio dió su autorización para la difusión el 21 de Diciembre de 1883.
Nuestra bella Santa Filomena salió de los brazos de su madre para morir por Cristo, los lictores (Magistrados de Justicia de la antigua Roma) han cortado con el hacha el joven lirio y piadosas manos la han recogido para depositarla en el sepulcro. Esta verdadera heroína pisoteó toda la vanidad del mundo debajo sus pies y eligió los múltiples tormentos en lugar de renunciar a sus votos por Nuestro Salvador Crucificado. ¡Qué modelo de constancia y de toda virtud! Animémonos a ir a ella cuando seamos probados. ¡Permitámonos todos con ilimitada confianza implorar su intercesión!

SANTA FILOMENA
«el descubrimiento de sus reliquias»


Las reliquias del Santa Filomena fueron descubiertas al principio del siglo XIX. El 24 de mayo de 1802, durante las excavaciones que se están haciendo continuamente en las Catacumbas romanas, un sepulcro fue traído a la luz. Tres losas juntas, cerrando la entrada, y en ellas eran una inscripción que se parecía decir:

LUMENA PAXTE CUM EL FI

Las escrituras estaban en pintura roja y fueron rodeadas con símbolos cristianos. Después de que un estudio, era evidente que estas losas habían sido puestas desordenadamente, o con demasiada rapidez, o alguien no familiarizado con el latín, las había puesto en orden equivocado. Luego de ordenarse correctamente, leyeron:
PAXTE CUM FI LUMENA
(Pax tecum Filumena!)

¡LA PAZ SEA CONTIGO, FILOMENA!
Cuando, en el día siguiente, las losas de piedra fueron quitadas, allí fue encontrado dentro del lugar del entierro un vaso fino, quebrado a la mitad, que en la pared interna del mismo estaba cubierta con sangre coagulada. Era la sangre que había sido recogida en la muerte del martirio, según la costumbre de los cristianos durante las persecuciones, y puesta con los restos como testimonio de su muerte en el martirio. Esta sangre fue aflojada de los pedazos quebrados del vaso a los cuales estaban adheridos, y puestos cuidadosamente en una urna de cristal. Sorprendieron ver que estas pequeñas partículas de sangre, tan pronto como cayeron en la urna, brillaban como el oro o la plata pulido, o brillaran como diamantes y joyas preciosas, o, eran otra vez resplandecientes con todos los colores del arco iris. Este fenómeno extraordinario continúa hasta el día de hoy.

En la tumba de la santa estaban los emblemas de un lirio y de una palma, indicando su virginidad y su martirio. Había también un ancla, un látigo, y tres flechas, dos que señalaban en direcciones opuestas, y una con una línea curvada sobre ella, significando el fuego, intentando simbolizar los diferentes tormentos en los cuales la mártir soportó en testimonio de su fe y amor por Jesucristo

TRASLADO DE SUS SANTOS RESTOS

Después que las reliquias de la santa fueron exhumadas, fueron llevadas a Roma en el año 1805. En aquella época, Canon Francis de Lucia de Mugnano, de una ciudad pequeña cerca de Nápoles, visitó Roma. Tenía el deseo ardiente de procurar las reliquias de algún santo mártir para su capilla privada. El obispo de Potenza, al cual él había acompañado a Roma, apoyó su petición, y Canon Francis de Lucia obtuvo permiso para visitar el Tesoro de las reliquias, una gran sala en donde los restos exhumados de varios santos están preservados. Al detenerse brevemente ante las reliquias de Santa Filomena, se sintió repentinamente lleno de una alegría espiritual indescriptible, e inmediatamente pidió por ellas. Era muy difícil que las reliquias fueran finalmente consignadas a él, puesto que era contrario a la costumbre conceder tales tesoros a un simple sacerdote. Con las negociaciones de un amigo, el cuerpo de otro santo al principio se lo dieron a él, el cual lo aceptó con renuencia.
Mientras tanto, Canon de Lucia enfermó muy grave. El rezó a Santa Filomena y fue curado inmediatamente. Esto renovó sus intentos de procurar sus reliquias, y poco después, estas dificultades que parecían insuperables, fueron finalmente superadas y se las dieron en posesión, con lo cual él las hizo llevar a Nápoles. Allí las reliquias fueron embutidas en una imagen de la Santa, especialmente hecha para ese propósito. Pronto ocurrieron muchos milagros. La señora Angela Rose, había sufrido doce años de una enfermedad incurable; ella pidió la intercesión de la Santa y fue curada inmediatamente. Otros, obtuvieron también curaciones maravillosas.

TRANSLADO DE SUS RELIQUIAS A MUGNANO

El 10 de agosto de 1805, las reliquias de la santa fueron llevadas a Mugnano, a una ciudad de la colina cerca de Nápoles y al hogar de Canon de Lucia. Milagros continuos de todo tipo acompañaron este traslado. El día antes de su llegada, con las oraciones de los habitantes, una lluvia abundante restableció los campos y los prados de Mugnano después de una larga sequía.

El señor Miguel Ulpicella, abogado, que no había podido dejar su habitación por seis semanas, tuvo las reliquias y luego volvió completamente sano a su hogar. Una señora de posición tenía una úlcera cancerosa y su mano requería de una operación. La reliquia de la Santa fue traída a ella, y por la tarde se la puso en la herida. A la mañana siguiente que debía ir a cirugía para ser operada, ella encontró para su sorpresa que la herida había desaparecido.

El relicario de Santa Filomena en Mugnano se convirtió en la escena de los prodigios más maravillosos. Entre éstos estaba la curación de Pauline Jaricot, conocido como el «gran milagro de Mugnano». Después de esta curación, y luego de una larga y madura deliberación, llevó a la aprobación formal del culto a Santa Filomena por el Papa Gregorio XVI, que lo declaró un milagro de primera clase. El Papa, en su decreto, llamó a la Santa «la milagrosa (obradora de maravillas) del siglo XIX». Este título, como millares atestiguan, no son menos en nuestros días, porque sus milagros son tan numerosos y tan brillantes como siempre.

SAN JUAN MARIA VIANNEY (El Santo Cura de Ars)
Y SANTA FILOMENA



La pequeña ciudad de Ars, Francia, ha llegado a ser famosa a través de la santa vida y de las obras de San Juan María Vianney. Y él quizás más que cualquier otro, ha traído la atención del mundo al poder de su Santa favorita entre los santos: Santa Filomena.
Él era de pedirle todo tipo de favores, y dice de ella que es “el milagro próximo” por los extraordinarios prodigios que ella obra. Santa Filomena solucionó sus problemas financieros, ella convirtió pecadores; curó enfermedades gravísimas; y obró innumerables milagros en respuesta a sus simples oraciones. Muchos de ellos están registrados en la biografía del santo, pero los milagros no registrados, estos solos, podrían llenar un volumen.
Una persona se acercó al Cura de Ars y le dijo una vez: “¿es verdad, Padre que Santa Filomena le obedece?”. A lo cual contestó el sacerdote santo, “¿y porqué no? si Dios mismo me obedece en el Altar” (“obedece”: se refiere a que por obra de Dios a través del sacerdocio en la Misa se realiza milagrosamente la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, es decir, Jesús “obedece” por amor al sacerdote en este caso). Él sentía constantemente la proximidad de su presencia y se dirigía a ella con nombres más familiares y no ahorró ningún esfuerzo en inducir a otros a que invoquen su intercesión en sus necesidades de cuerpo y alma.

Él decía a menudo: “Hijos míos, Santa Filomena tienen gran poder con Dios, y ella tiene, por otra parte, un corazón buenísimo; roguemos a ella con confianza. Su virginidad y generosidad en el abrazo de su martirio heroico la han hecho tan agradable a Dios que Él nunca rechazará cualquier cosa que ella le pida para nosotros.” Se decía que el Cura de Ars hacía todo por ella y Santa Filomena hacía todo por él.

El Cura de Ars primero conoció el maravilloso poder de Santa Filomena a través de una amiga suya: PAULINE JARICOT, la Fundadora de la Sociedad para la Propagación de la Fe y del Rosario Viviente. Ella en 1835 fue milagrosamente curada de un desesperante mal por la intercesión de Santa Filomena. La Señorita Jaricot, le ofreció a él la parte de una preciosa reliquia de la Santa que ella había obtenido del relicario de Mugnano y el Cura de Ars la recibió como una valiosísima joya. Inmediatamente se puso a trabajar para erigir una capilla en Ars para estas reliquias que muy pronto dieron lugar a innumerables curaciones, conversiones y milagros.

Lleno de un intenso amor por esta pequeña santa, la eligió a ella como su especial patrona celestial y comprometió a ella por voto. Siempre hablaba de la santa y recomendaba le hagan Novenas por incontables intenciones de todo tipo que las personas le referían. Advirtió seriamente a los enfermos para que recen a Santa Filomena y los bendecía e instruía en la Novena para que la rezaran y siempre se impresionaba por todas las curaciones de esta pequeña santa, a la cual, después de Dios, le estaba totalmente agradecido. Miles de personas vinieron a la capilla de Ars en peregrinación, con el propósito de invocar el auxilio de Santa Filomena en sus necesidades y pruebas. Evidencias tangibles de favores obtenidos, los milagros obrados, las conversiones realizadas, las oraciones escuchadas son la respuesta de Santa Filomena.
Debido al fervor de la devoción del Cura de Ars a Santa Filomena, y las numerosas curaciones y favores obtenidos por su intercesión, toda Francia pronto elevó su nombre. Cada diócesis tenía altares y las capillas o las iglesias se dedicaron a ella. Pero la devoción a la santa no sólo fue en Francia. Los reyes, las reinas, los cardenales, los obispos, los sacerdotes, y muchos religiosos y fieles a través del mundo la aclaman como su patrona celestial.

HISTORIA DE SANTA FILOMENA
(como le fue revelada a la Madre María Luisa de Jesús)



Mi querida hermana:
Soy la hija de un príncipe que gobernó un pequeño estado en Grecia. Mi Madre también era de sangre real; y como no tenían hijos, ambos permanecían en la idolatría con la intención de obtener algo, y continuamente ofrecían sacrificios y plegarias a sus falsos dioses. Un doctor de Roma, de nombre Publius -ahora está en el Cielo- vivía en el palacio al servicio de mi padre; él profesaba el Cristianismo. Al ver la aflicción de mis padres y movido por la ceguera de ellos y por el impulso del Espíritu Santo, les habló de nuestra fe, he incluso les prometió posteridad si consentían en recibir el bautismo. La gracia que acompañó sus palabras iluminó sus entendimientos y triunfó por encima de sus voluntades: se hicieron Cristianos y obtuvieron la gran deseada felicidad que Publius les había prometido en premio a su conversión.

Al momento de mi nacimiento, me dieron el nombre de LUMENA, en alusión a la luz de la fe, de donde era, y lo que era: su fruto. Y el día de mi bautismo me llamaron FILOMENA, o hija de la luz porque ese día había nacido a la fe. El afecto que mis padres me tenían era tan grande que procuraban siempre tenerme con ellos. Era por esta razón por la cual me llevaron a Roma, en este viaje que mi padre estaba obligado a realizar en ocasión de una injusta guerra en la que estaba amenazado por el orgulloso Dioclesiano. Yo tenía entonces 13 años. Cuando llegamos a la capital del mundo, los tres nos conducimos al palacio del Emperador en la que fuimos admitidos en audiencia.

Tan pronto como Dioclesiano me vio, sus ojos se fijaron en mí, se mostró bien predispuesto de esta manera durante todo el tiempo que mi padre manifestó con animados sentimientos todo lo que pudiera servir en su defensa. Tan pronto como cesó de hablar, el emperador lo tranquilizó para que no estuviera más perturbado y que abandone todo miedo, que él debía pensar solamente en vivir en la felicidad: “Yo pondré a tu disposición toda la fuerza de mi imperio y te pediré a cambio sólo una cosa, que es, la mano de tu hija”. Mi padre, deslumbrado con el honor, era mucho más de lo que esperaba, y de buena gana accedió a la propuesta del emperador, y cuando retornamos a nuestra casa, mi padre y mi madre hicieron todo lo que pudieron para inducir a rendirme a los deseos de Dioclesiano y los suyos.

“¡QUÉ!” les dije a ellos, “¿POR EL AMOR DE UN HOMBRE YO DEBO ROMPER LA PROMESA QUE HICE HACE DOS AÑOS A JESUCRISTO?
Mi virginidad pertenece a Él, y ya no puedo disponer de ella”.
“¿Pero tú eres muy joven para realizar ese compromiso?” y me lanzó las más terribles amenazas con el fin de que aceptara la mano de Dioclesiano. La gracia de Dios me hizo invencible, y mi padre, que no pudo convencer al Emperador con las razones que alegó para ser dispensado de la promesa que había hecho, éste dió la orden que fuera traída a su presencia.

Tuve que soportar de antemano un nuevo ataque de enojo y afecto de mi padre. Mi madre, uniendo sus esfuerzos a los de él, se esforzó para conquistar mi resolución. Caricias, amenazas, todo fue utilizado para que aceptara. Por último vi a los dos caer de rodillas y decir con lágrimas en los ojos: “¡Hija mía, ten compasión de tu padre, de tu madre, de este imperio, y de este asunto!” “¡No, no!”, les contesté; “Dios y la virginidad por la cual he hecho voto con Él, está antes que todo, antes que ustedes, antes que el imperio. Mi Reino es el Cielo”. Mis palabras los hundieron en la desesperación, y me llevaron ante el emperador, que por su parte, hizo todo lo posible por ganarme; pero sus promesas, sus seducciones, sus amenazas, fueron igualmente inútiles. Él, entonces, entró en un violento acceso de ira e influenciado por el Demonio me encerró en una de las prisiones del palacio en la cual fui inmediatamente encadenada pensando que el dolor y la vergüenza debilitarían el valor que mi Divino Esposo me inspiraba.

Venía todos los días a verme y después que me soltaba las cadenas y que había tomado la pequeña porción de pan y agua que recibía de alimento, él renovaba sus ataques, algunos de ellos, si no hubiera sido por la gracia de Dios, podrían haber sido fatales para mi pureza.
Las derrotas que él siempre experimentaba eran para mí los preludios de nuevas torturas; pero la oración me sostenía. No cesaba de encomendarme a Jesús y su Purísima Madre.
Mi cautiverio había durado treinta siete días, cuando, en el medio de una luz divina, vi a María con su Divino Hijo en sus brazos, y Ella me decía: “Hija mía, tres días más de prisión, y después de 40 días dejarás este lugar de sufrimiento”. Estas felices noticias llenaron mi corazón de alegría, pero la Reina de los Ángeles había agregado que antes de salir de prisión sería sometida a grandes tormentos mucho más terribles que los anteriores.

Entonces caí inmediatamente de la alegría a la más cruel angustia y pensé que moriría, entonces María me dijo: “Ten valor, Hija mía, ¿no sabes el amor y la predilección que tengo por ti? El nombre que has recibido en tu bautismo es garantía de ello, y la semejanza que tiene con Mi Hijo y conmigo. Como tú te llamas Lumela y tu Esposo se llama Luz, Estrella, Sol; y como soy llamada, Aurora, Estrella, la Luna en su máximo fulgor y el Sol. No temas, yo te asistiré. Ahora que tu naturaleza se debilita, con toda justicia, en su momento, la gracia te prestará sus fuerzas y el Ángel, que también es mi Ángel, Gabriel, que su nombre expresa fortaleza, vendrá en tu auxilio. Te recomendaré especialmente a él para tu cuidado como mi más querido bien.” Estas palabras de la Reina de la Vírgenes me dieron nuevamente valor y la visión desapareció, dejando la prisión llena de un perfume celestial.

Como Ella me lo había anunciado, así prontamente ocurrió. Dioclesiano, desesperado por doblegarme, tomó la decisión de torturarme en público y el primer tormento al que me sometió fue el de azotarme y él dijo: “Debido a que ella no se avergüenza de preferir a un malhechor, condenado por su mismo pueblo a una muerte infame, en lugar de un emperador como yo, entonces merece que mi justicia la trate a ella como él fue tratado”. Entonces ordenó que me quitaran la ropa y que fuera atada a una columna y en la presencia de un gran número de personas de la corte, fui azotada con tal violencia que mi cuerpo, bañado en sangre, parecía todo una sola herida. El tirano percibió que me debilitaba y moriría, entonces fui quitada de su vista y arrastrada de nuevo a prisión y él creyó que respiraría mi último suspiro.


Pero Dioclesiano fue decepcionado, y tenía en mí una encantadora esperanza de irme rápidamente a unirme con mi Esposo, pero dos ángeles, con luces brillantes, se me aparecieron y vertieron sobre mis heridas un saludable bálsamo, dejándome más vigorosa de lo que había estado antes de la tortura. A la mañana siguiente el Emperador fue informado de ello y fui traída a su presencia, y me miró atónito, bucándome persuadir que mi curación fue obrada por Júpiter a quién el adora, y dijo: “El ha decidido positivamente que tú serás la emperatriz de Roma” y lanzó seductoras palabras y promesas de grandísimos honores y aduladoras caricias, esforzándose por completar el trabajo del Infierno que había comenzado; pero el Espíritu Santo al cual había encomendado mi constancia, llenó de luz mi entendimiento en ese instante para dar todas las pruebas de la solidez de nuestra Fe que ni Dioclesiano ni ninguno de sus cortesanos presentes pudieron nunca responder.

Entonces se renovó su frenética ira y ordenó que fuera sumergida en las aguas del Tíber con un ancla en el cuello. La orden fue ejecutada, pero Dios permitió que esto no tuviera éxito, y en el momento que era precipitada al río y luego de ser cortarda milagrosamente la cuerda que me ataba al ancla mientras ésta cayó al fondo del Tíber y que sigue allí aún en el presente, fui transportada delicadamente a la vista de una inmensa multitud, a las orillas del río.

Este milagro obró un maravillo efecto en un gran número de espectadores y ellos se convirtieron a la fe; pero Dioclesiano, lo atribuyó a cierta magia secreta y me arrastraron por las calle de Roma y ordenó que me dispararan una lluvia de flechas y cuando las recibí, mi sangre fluía por todos lados; él ordenó, cuando estaba exhausta y moribunda, a ser llevada nuevamente al calabozo. El Cielo me honró nuevamente con un nuevo favor. Caí en un dulce sueño y me encontré cuando desperté perfectamente curada.. Dioclesiano aprendió. “¡Bien, entonces....!” lloró en un acceso de rabia, “dejemos por segunda vez que ella sea perforada por agudas flechas y déjenla morir en esa tortura”. Ellos se apresuraron a obedecerle. Los arqueros doblaron sus arcos con todas sus fuerzas con la intención de lanzar las flechas, pero éstas, milagrosamente no salieron disparadas. El Emperador estaba presente y a la vista de esto se llenó de rabia, y dijo que era una maga, y pensó que la acción del fuego destruiría este “encantamiento”. Entonces ordenó que las puntas de las flechas fueran calentadas en un horno al rojo vivo y con ellas mandó apuntar nuevamente contra mí. Y esta vez las flechas fueron disparadas, pero éstas, luego de recorrer parte de la distancia que las separaba de mí, tomaron milagrosamente la dirección contraria desde donde habían sido lanzadas y seis arqueros fueron muertos por estas y entonces varios de ellos renunciaron al paganismo y la gente comenzó a rendir público testimonio del poder de Dios que me había protegido.

Estas murmuraciones y aclamaciones hicieron temer al tirano de infligirme mayores castigos, entonces decidió terminar mis días ordenando que me cortaran la cabeza. Entonces mi alma voló a la presencia de mi Celestial Esposo, el cual me coronó con la corona de la virginidad y la palma del martirio, y distinguida con esta elección, tengo parte en el gozo de su Divina Presencia. Este día que fue tan feliz para mi por verme entrar en el Gloria, fue un Viernes, y la hora de mi muerte, la tres de la tarde: el mismo día y la misma hora en que el Divino Maestro expiró.
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