La espiritualidad de San Francisco de Asis

4 de Octubre

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La espiritualidad de San Francisco de Asis

Algunas características fundamentales
por Michel Hubaut, o.f.m.

El presente artículo evoca algunos rasgos esenciales de la espiritualidad de san Francisco, cuya vida y escritos impulsan al cristiano a vivir la aventura de la fe en el aquí y ahora de nuestro mundo.

I. Cuando el hombre debe pasar de su proyecto...al Proyecto de Dios

«¡Sumo, glorioso Dios!, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento» (OrSD).

Francisco de Asís es, en primer lugar, un itinerario viviente, dinámico: el itinerario de la Fe. Su aventura humana y espiritual es la de un creyente que, súbitamente, toma en serio su Fe. Pasar de una religión, tan bien «asimilada» y «aseptizada» que ya no molesta a nadie, al riesgo de la Fe, no es algo trivial. Esto es lo que le aconteció a Francisco.

¡Tiene 25 años! Rico, hábil en los negocios, de compañía y conversación agradables, posee todo lo necesario para seducir, triunfar y deslumbrar. Y no se priva de ello. Fácilmente excéntrico, le gusta hacerse notar. Ambicioso, sueña con asir la vida a manos llenas. Los honores militares, la gloria y la celebridad asedian su mente.

Pero el ensueño de Dios sobre el hombre es aún mayor. Algunos fracasos, un año de cárcel, un año de enfermedad le golpean duramente. Su descompás choca con la realidad. Sus sueños se cuartean. ¿Tras qué corro? Un gran vacío se apodera de él. Tiene sed de otra cosa. Pero, ¿de qué? ¡La Fe es, en primer lugar, una pregunta! El Espíritu lo deja insatisfecho de sí mismo. La carrera militar y el negocio pierden atractivo. Toma distancias. Su ambición se interioriza. Y empieza el combate de la Fe, que le marcará de por vida. «Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo a su Padre... Sostenía en su alma tremenda lucha... uno tras otro se sucedían en su mente los más varios pensamientos» (1 Cel 6).

¡Pasar de las ambiciones personales al Proyecto de Dios... no es cosa fácil! Presiente un nuevo camino de libertad, una nueva dirección capaz de saciar su hambre de vida..., pero el hombre teme siempre perder sus «proyectos» inmediatos para entrar en el futuro de Dios. Francisco descubre que la Fe es una tenue luz en la noche. Va a penetrar en la Fe como se cava un pozo en el desierto, como se trabaja un campo a la búsqueda de un tesoro. Nunca olvidará esa primera etapa en la que descubrió que la aventura evangélica empieza siempre con un desgarro. ¿Cómo acoger la gratuidad de los dones del Señor sin dejar que nuestras pseudo-riquezas resbalen de nuestras pobres manos? Estos primeros años serán decisivos para el futuro del Pobrecillo. El Evangelio le ha hecho daño, como el bisturí del cirujano.

 ¡La tranquila homilía dominical que acunaba el semisueño de la asamblea, se ha convertido en un Evangelio peligroso! Y, sin embargo, la Fe es precisamente lo contrario del miedo. Tener la valentía de arriesgarlo todo. Renunciar al deseo de adueñarse de la propia vida, de sus dones y sus bienes, renunciar a guiar la propia vida uno solo, a fin de abandonarse al querer de Dios, entrar en su Proyecto de amor para con nosotros..., eso es el misterio de la Fe. Francisco ilustra esa apuesta de la Fe. Si se olvida este fundamento inicial, no se puede comprender nada en su vida.

 Su conversión es el deseo del hombre que se abre al deseo de Dios. «Ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra cosa queramos, ninguna otra cosa nos agrade y deleite, sino nuestro Creador, y Redentor, y Salvador, solo verdadero Dios, que es bien pleno, todo bien, bien total, verdadero y sumo bien... Nada, pues, impida, nada separe, nada adultere; nosotros todos, dondequiera, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, todos los días y continuamente, creamos verdadera y humildemente y tengamos en el corazón y amenos... al altísimo y sumo Dios eterno... sobre todas las cosas deseable» (1 R 23,9-10).

Dios no tiene ya un espacio «reservado» en un culto semanal. Ha invadido todo el espacio y todo el tiempo de un hombre. Eso es creer. Francisco hablará una y otra vez de esta convicción: mantener la Fe. Buscar a Dios en todas partes y siempre. Pues sabe por experiencia que todo, en nosotros y a nuestro alrededor, obstaculiza generosamente la presencia de Dios. Creer es franquear muchas barreras, muchas pantallas, para atreverse a poner ese acto de confianza que nos abre sin condiciones a una llamada venida de fuera. Al término de este trayecto de obstáculos, Francisco está presto. Puede de verdad exclamar: «De aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza: Padre nuestro, que estás en los cielos, en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza» (LM 2,4; en la traducción francesa: «pues a Él he confiado mi tesoro y dado mi Fe-mi palabra»).

Desapropiado de cualquier proyecto humano predeterminado, liberado de todo tipo de seguridad material, en lo sucesivo estará disponible en las manos del Padre. La radicalidad evangélica de su vida es ese apostar por la paternidad de Dios. Eso es la Fe. Repetirá con frecuencia a sus hermanos que se comprometerán en el mismo camino: «Después que hemos abandonado el mundo, ninguna otra cosa hemos de hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle... Por eso, pues, todos los hermanos estemos muy vigilantes, no sea que, so pretexto de alguna merced, o quehacer, o favor, perdamos o apartemos del Señor nuestra mente y corazón. Antes bien, en la santa caridad que es Dios, ruego a todos los hermanos, tanto a los ministros como a los otros, que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud, como mejor puedan, sirvan, amen, honren y adoren al Señor Dios, y háganlo con limpio corazón y mente pura, que es lo que Él busca por encima de todo; y hagamos siempre en ellos habitación y morada... Y adorémosle con puro corazón» (1 R 22, 9. 25-29).

He aquí el centro de la espiritualidad de Francisco. La Fe vigilante. La disponibilidad interior al Espíritu del Señor. La subordinación de todo el obrar humano a la acogida de esta presencia activa. Escuchar a Dios. Buscar a Dios. Dejarse amar y moldear por Dios. Dejarse guiar por su Santa Voluntad. Ese es el proyecto evangélico de Francisco, que él legará a sus hermanos. Semejante actitud se basa en la Fe. Lo cual supone que el hombre cree que Dios es Bueno, que su proyecto sobre el hombre es bueno y que su amor no aliena al hombre sino lo libera.

II. Cuando el descubrimiento de Dios Padre como Sumo Bien... convierte a todos los hombres en hermanos

¿De dónde sacó Francisco su sueño de ser «Hermano universal» y de invitar a todos los hombres y a todas las criaturas a reconocerse como «hermanos» y «hermanas»? ¿No nos hallamos en pleno mito poético, en plena utopía, generosa pero ineficaz? ¡La fraternidad universal! Los cristianos hablan de ella desde hace siglos, pero, ¿no es una causa perdida de antemano? ¿De dónde sacó Francisco esa sólida convicción, más tenaz que el fracaso?

Como ya hemos visto, la sacó sencillamente de su propia experiencia de Fe. Poco a poco experimentó, sabrosa y jubilosamente, que es verdad... que Dios es Padre. Se abrió a otro... y entrevió que Dios es el Sumo Bien. «Que Él es todas las riquezas». ¡Al diablo el gran relojero, ordenador lejano y frío! ¡Al diablo el Dios vengador, cuya ira hay que aplacar!... Arrojó todos esos dioses al baúl de las ideologías. Francisco quedó prendido de la gratuidad de Dios, la Paternidad de Dios. ¡Dios es Padre! ¡Es una iluminación! Un canto de triunfo. Pues, si al principio de todo está la gratuidad del amor..., eso lo cambia todo. Todo tiene un origen. Todo tiene un sentido. Todo tiene una meta. La paternidad de Dios hace posible la fraternidad. Fraternidad de origen, fraternidad de destino, fraternidad final. Su Fe se convierte en acción de gracias liberadora y en motor de su misión fraternal.

«La piedad del Santo se llenaba de una mayor terneza cuando consideraba el primer y común origen de todos los seres, y llamaba a las criaturas todas -por más pequeñas que fueran- con los nombres de hermano o hermana, pues sabía que todas ellas tenían con él un mismo principio» (LM 8,6).

Francisco se hizo fraterno porque presintió su origen y el origen de todas las criaturas. Halló sus raíces. El Sumo Bien del hombre, su identidad, su columna vertebral interior, su finalidad, su alegría y su plenitud es el Altísimo y Buen Señor. Su hambre de vida encontró un bien a su medida. Todo es don, desbordamiento de la paternidad creadora de Dios. Todo: su vida, sus facultades humanas, el cosmos, la tierra, el hombre, todos los bienes espirituales y temporales, se convierten en regalo. Enraizado en el amor gratuito del Padre, Francisco queda liberado de todos los instintos posesivos. Ya no tiene nada en propiedad. Lo recibe todo. Desde ahora, nada tiene que perder, a no ser Dios, su tesoro. ¡Está enamorado de Dios! ¡No es cualquier cosa!

Al mismo tiempo ha percibido la raíz del pecado del hombre, del fracaso de las relaciones humanas. El hombre -¡incluso el religioso!- que no sabe llamar «Padre» a Dios, tendrá siempre la dramática ilusión de creerse propietario de sus dones, de la tierra, de sus bienes. El pecado es una idolatría, una malversación de bienes, una perversión de la voluntad humana. Es el pecado original y permanente. «Come del árbol de la ciencia del bien -dice Francisco- el que se apropia para sí su voluntad y se enaltece de lo bueno que el Señor dice o hace en él» (Adm 2,3). Si se niega la paternidad de Dios -teórica o prácticamente-, el hombre se convierte, más pronto o más tarde, en explotador de su hermano, en acaparador de la creación y creador de «goulags». El hombre que se constituye centro absoluto es visceralmente dominador, propietario y homicida. ¿Por qué? Porque si Dios no es su origen, el hombre debe «hacerse a sí mismo» él solo, a pulso. Se siente frágil. Tiene miedo. Y disfrazará su miedo, su fragilidad, poseyendo o dominando o excluyendo a los demás. La Fraternidad se corrompe.

Francisco es el hombre liberado del miedo. Ha hundido sus raíces en otra parte, en otro. No se construye él solo. Se «recibe» del Padre. Ya no tiene bienes que defender, sino regalos de vida que compartir. El pobre no da miedo a nadie. Es fraterno porque reemplazó los celos, la envidia y la codicia por una mirada admirativa. Cuanto de verdadero, hermoso y bueno hay en lo que cualquier hombre -incluso un descreído- hace y dice, se convierte en reflejo de Dios, en eco de Dios, en Palabra de Dios, único Verdadero, Hermoso y Sumo Bien. También aquí la Paternidad de Dios ilumina la Fraternidad universal de Francisco. «Se goza en todas las obras de las manos del Señor, y a través de tantos espectáculos de encanto intuye la razón y la causa que les da vida. En las hermosas reconoce al Hermosísimo; cuanto hay de bueno le grita: "El que nos ha hecho es el mejor". Por las huellas impresas en las cosas sigue dondequiera al Amado, hace con todas una escala por la que sube hasta el trono de Dios» (2 Cel 165).

«Como un religioso le preguntara en cierta ocasión para qué recogía con tanta diligencia también los escritos de los paganos y aquellos en que no se contenía el nombre del Señor, respondió: "Hijo mío, porque en ellos hay letras con las que se compone el gloriosísimo nombre del Señor Dios. Lo bueno que hay en ellos, no pertenece a los paganos ni a otros hombres, sino a sólo Dios, de quien es todo bien"» (1 Cel 82).

Esta visión de Fe le permite abatir todas nuestras fronteras sociales y religiosas. ¡Francisco es un hombre naturalmente «ecuménico»! Su respeto y cortesía son lo contrario de la intolerancia y el fanatismo.

Después Francisco abrió el santo Evangelio. Miró y escuchó a Cristo, revelación del Padre, rostro de Dios. A Cristo, que no tenía en sus labios, en su oración y en sus enseñanzas, más que al Padre. A Cristo, que parece sacar del Padre toda su alegría y su fuerza y su libertad. Y que repetía incansablemente: «No llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el del cielo... Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro...» (Mt 23,9; 6,9).

Francisco, perceptivo, vio en los gestos de Cristo el secreto del corazón de Dios Padre. ¡Vio a Jesús hacerse «hermano» de ricos y de pobres, de los marginados y de los notables, de publicanos y de prostitutas, de Magdalenas y de Zaqueos, y entregar su vida para «reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos»! (Jn 11,52). Francisco quedará fascinado por ese Dios, Señor y Servidor, que rechaza toda forma de poder y de dominación y hace estallar nuestras fronteras culturales y religiosas lavando los pies tanto del que va a negarle como del que va a traicionarle.

Francisco quiere vivir esta Buena Noticia. Pasar de la dominación al servicio fraterno. Invitar a los hombres a abrirse al Padre y a reconocerse como Hermanos. Es la única misión de la Iglesia. Fuera de esta misión, la Buena Noticia degenera en religión «asimilada», «neutralizada», e «institucionalizada», que ya no molesta a nadie.

Francisco nos invita a acoger el Espíritu del Señor. Sólo el Espíritu puede convertirnos en «Buena Noticia» en acto. Una vida que habla. Una palabra profética. Una esperanza que moviliza en este mundo nuestro, posesivo, dominador y dividido. Sólo el Espíritu puede hacer de cada uno de nosotros, homicida y dominador, un Hermano. La Fraternidad es un don de Dios-Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu; un aprendizaje de las costumbres de Dios, que es misterio de relaciones. (Cf. M. Hubaut, El misterio de la Trinidad viviente en la vida y oración de san Francisco, en Selecciones de Franciscanismo núm. 29, 1981, 264-270).


III. Cuando la simplicidad...se convierte en sabiduría profunda

«¡Salve, reina sabiduría, el Señor te salve con tu hermana la santa pura simplicidad!» (SalVir 1).

Simplificado poco a poco por el Espíritu, Francisco se convirtió en un «hombre simple» (simplex=sin pliegues). Y la simplicidad se revela realmente como una de las características de su nueva fraternidad evangélica.

Como don del Espíritu, la «Santa Pura Simplicidad» es reflejo del misterio del mismo Dios. Por eso es santa. Dios es simplicidad, pureza y unidad en su ser y en su obrar. Sólo el Espíritu del Señor puede abrirnos a las «virtudes» evangélicas de Cristo (virtus=energía espiritual, orientación del ser), que fue manso y humilde de corazón, simple y puro... «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Verán a Dios en la transparencia de todas las cosas. Francisco es una atractiva ilustración de ello. Simplificado, mira al hombre y al universo con ojos nuevos. La simplicidad es lo contrario de la duplicidad del corazón doble, dividido entre los bienes terrestres y los bienes de Dios (Adm 16). El corazón doble, para Francisco, es el corazón engreído, lleno de «repliegues», en los que esconde sus propios intereses. Ese corazón se ha adueñado de lo que recibió gratuitamente del Señor. «La pura santa simplicidad confunde toda la sabiduría de este mundo y la sabiduría del cuerpo» (SalVir 10).

La hermana de la simplicidad es la Sabiduría de Cristo. «La que, contenta con Dios, estima vil todo lo demás... Porque se conoce a sí, no condena a nadie, cede a los mejores el poder, que no apetece para sí... Prefiere obrar a enseñar... Dejando... los rodeos, florituras y juegos de palabras, la ostentación y la petulancia en la interpretación de las leyes [en la traducción francesa: «Santas Escrituras»]... Esta la requería el Padre santísimo en los hermanos letrados y en los laicos» (2 Cel 189). Esta simplicidad es sabiduría, la sabiduría del corazón y del amor. Francisco desconfiaba de la avidez intelectual de libros y prefería ver «a sus hermanos apasionados por la pura y santa simplicidad, por la oración y por la Dama Pobreza». Si testimoniaba un afectuoso respeto a los sabios de la Orden (cf. Test 13), temía siempre que «con el pretexto de edificar a los demás, abandonaran su vocación, es decir, la pura y santa simplicidad» (LP 103b).

A lo largo de toda su vida defenderá este «camino», convencido de haberlo recibido del mismo Dios, para servicio de la Iglesia y de los hombres. Durante un capítulo tumultuoso, en el que algunos hermanos «sabios y prudentes» intentaron moderar y adaptar las intuiciones del Pobrecillo, éste exclamó con vehemencia: «Hermanos míos, hermanos míos, Dios me llamó a caminar por la vía de la simplicidad. No quiero que me mencionéis regla alguna, ni la de san Agustín, ni la de san Bernardo, ni la de san Benito. El Señor me dijo que quería hacer de mí un nuevo loco en el mundo, y el Señor no quiso llevarnos por otra sabiduría que ésta» (LP 18).

Durante toda su vida, pues, rechaza reducir la locura del santo Evangelio a nuestro rasero. Quiere acogerlo y vivirlo, con Fe, «pura y simplemente y sin glosa» (Test 38-39). No se opone a los estudios de los teólogos y exegetas «que nos comunican espíritu y vida», ¡pero teme que el hombre se crea convertido al Evangelio simplemente porque posee «ideas», saber! Según Francisco, nuestros actos nos convierten más que nuestros pensamientos devotos (cf. 2 Cel 194-195; Adm 7). Invita a sus hermanos a no diluir las exigencias radicales de Cristo con comentarios casuísticos o interpretaciones farragosas que nos impiden con frecuencia decidirnos verdaderamente por Cristo y terminan por sofocar el impulso del Espíritu.

Francisco seduce porque es coherente. Deseó ardientemente vivir lo que creía y decía. Luchará a lo largo de toda la vida, en sí mismo y en sus hermanos, contra cualquier forma de hipocresía, que quiere actuar para «aparecer» (cf. 2 Cel 130-135). Siente horror a la mentira y las componendas. Para él, la simplicidad de un hombre que vive la verdad en sus actos cotidianos es más contagiosa que mil discursos. «El que obra la verdad -y no el que sólo la piensa- va a la luz» (Jn 3,21).

Por ello se admira siempre que descubre la «pura y santa simplicidad» en la vida de sus Hermanos. Fray Juan el Simple le causa admiración (2 Cel 190). La pura y santa simplicidad debe favorecer la unidad entre sus Hermanos letrados y sus Hermanos ignorantes (2 Cel 191-192), pues todos ellos tienen un único maestro de Sabiduría: «El ministro general de la Religión, que es el Espíritu Santo» (2 Cel 193).

Así la «santa pura simplicidad» de Francisco fue y sigue siendo -mucho más que sus escritos- la verdadera escuela viva de sus Hermanos.

IV. Cuando el último lugar...es una opción voluntaria

«Y nadie sea llamado prior, mas todos sin excepción llámense hermanos menores. Y lávense los pies el uno al otro» (1 R 6,3).

Francisco quiso explícitamente dar el nombre de «hermanos menores» a todos sus hermanos. La palabra «minoridad» [la palabra del texto original «minorité» significa tanto minoridad como minoría] evoca hoy en día un grupo restringido que con frecuencia se ve obligado a defenderse para conservar su identidad frente a una «mayoría» que amenaza con aplastarlo. Francisco toma este término, a la vez, de las mismas palabras de Cristo: «Pero no así entre vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el menor (minor)» (Lc 22,26) y de la terminología de la sociedad de su tiempo, en el que los «minores» eran la capa social más baja y, a menudo, despreciada.

Esta voluntad deliberada de estar entre los menores y disponibles a todos, es una característica esencial de Francisco y de sus primeros hermanos. ¡El Hermano Menor es aquel que, en seguimiento de Cristo, quiere «lavar los pies a sus hermanos»! Ser servidor de todos los hombres. Francisco emplea más de 50 veces la palabra «servidor» y 20 veces el verbo «servir». Su contemplación de Cristo -¡Dios que viene a servir!- lo convenció de que el servicio fraterno y desinteresado es la revolución fundamental del Evangelio. ¡Hacer pasar a la humanidad del instinto de dominación a la voluntad de servir! Eso es lo que invierte nuestras jerarquías humanas. Francisco está fascinado por la humildad de Dios, que quiso lavar los pies a sus criaturas. Quiere vivir esta revelación profética en todos su gestos. De ahí su obstinado rechazo de cualquier forma de poder y de dominación sobre los demás. «Ninguno de los hermanos tenga potestad o dominio, y menos entre ellos... más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse unos a otros de buen grado. Esta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 5,9.14-15). La autoridad necesaria para el funcionamiento de cualquier grupo humano debe ser un servicio y nada más (cf. Adm 4 y 20,3).

La vida toda de Francisco y sus Hermanos ilustra perfectamente este carisma franciscano al servicio de la Iglesia y de los hombres (Test 19). Así, cuando el cardenal de Ostia le propone escoger para obispos y prelados a algunos de sus hermanos, Francisco responde con firmeza: «Mis hermanos se llaman menores precisamente para que no aspiren a hacerse mayores. La vocación les enseña a estar en el llano y a seguir las huellas de la humildad de Cristo... Si queréis que den fruto en la Iglesia de Dios, tenedlos y conservadlos en el estado de su vocación» (2 Cel 148; cf. 2 Cel 18 y 71; LM 6,5). No hay ningún masoquismo en Francisco, sino la llamada poderosa del Espíritu de Cristo, servidor, que se «entrega» libremente por amor a sus hermanos (cf. LP 58 y 101). Es una misión que Francisco recibió del mismo Dios.

En la sinfonía de la Iglesia servidora y pobre, los Hermanos Menores deben dar esta nota especial. Francisco quiere ser ejemplo vivo de esa vocación, que es un «honor» recibido del «Sumo Rey», pues «siendo Señor de todos, quiso hacerse por nosotros servidor de todos, y, siendo rico y glorioso en su majestad, vino a ser pobre y despreciado en nuestra humanidad» (LP 97c).

V. Cuando la pobreza evangélica...se hace camino de la nueva libertad

«Yo el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin» (UltVol 1).

¿Cuál es el fundamento de la pobreza evangélica de Francisco? No es preciso hacerse demasiadas preguntas: evidentemente, su pobreza es fruto de la Fe y de la contemplación. Francisco penetró en el «camino de la pobreza» el día que quiso seguir «las pisadas de Cristo». Para él, es una manera certísima de vivir el santo Evangelio, de revivir el misterio del Hijo del hombre.

De hecho, las motivaciones esenciales que personalmente da respecto a su decidida voluntad de vivir pobre, se enraízan siempre en su propósito amoroso de conformarse con Cristo. Responde Francisco al obispo, contrariado cuando le vio traer unos pedazos de pan negro para la comida a la que le había invitado: «El Señor se complace con la pobreza, sobre todo con la que se practica en la mendicidad voluntaria. Y yo tengo por dignidad real y nobleza muy alta seguir a aquel Señor que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros» (2 Cel 73).

Y repite con frecuencia a sus hermanos, que tenían vergüenza de ir a mendigar: «Amadísimos hermanos, el Hijo de Dios, que se hizo pobre en este mundo por nosotros, era de condición más noble que la nuestra. Por amor a Él hemos elegido el camino de la pobreza: no tenemos que sentirnos avergonzados de ir por limosna. No se conforma que los que han de heredar el Reino se avergüencen ni una sola vez de lo que son arras de la herencia del cielo» (2 Cel 74).

Su amor preferente por los pobres tenía idéntica motivación: «Toda indigencia, toda penuria que veía, lo arrebataba hacia Cristo, centrándolo plenamente en Él. En todos los pobres veía al Hijo de la Señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos» (2 Cel 83).

Y reprende con aspereza a un hermano que hablaba mal de un pobre porque tal vez era rico en deseo: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre» (2 Cel 85).

Francisco no teoriza. Contempla, fascinado, un rostro revelador del corazón de Dios: Jesús. Lo «ve» nacer como un pobre ignorado. Lo «ve» vivir como un pobre, peregrino y forastero. Lo «ve» morir como un pobre, despreciado y rechazado. Es algo que siempre le chocará. Una buena nueva en actos. Nunca podrá minimizar, «habituarse» a ese misterio de la encarnación redentora. Ese es el origen de su deseo de pobreza: el despojamiento del Altísimo que se anonada y viene «por nosotros» a caminar los caminos del hombre. Es una palabra de amor que lo conmueve. «El Amor no es conocido, el Amor no es amado», repetirá con frecuencia, conmovido hasta derramar lágrimas al contemplar esta forma que el Amor de Dios asume para manifestarse a los hombres. Cristo, pobre, sin ambiciones de poder, sin una «piedra donde reposar la cabeza», que será despojado de sus vestidos para morir casi desnudo sobre una cruz, obsesiona su memoria, su oración y su misión apostólica.

La pobreza franciscana no es, pues, en primer lugar, una decisión con miras a una misión, ni el deseo de unirse a una clase social concreta, ni una opción ideológica para impugnar un tipo de sociedad, ni siquiera un acto de ascetismo. Es, ante todo, una fascinación, un seguimiento radical de Cristo. Encarnación viviente de la humildad de Dios. Un rostro desconcertante del amor de Dios. El Altísimo ha querido asumir nuestra condición de hombre mortal y frágil. El camino de Cristo es lo que revela a Francisco la grandeza de la Altísima pobreza. No puede concebir a Jesús, el Hijo único, rico de otra cosa que no sea su Padre. El Padre es su Bien, su riqueza y su alegría. Lo lleva en su corazón, en su oración, en sus labios. Está enteramente consagrado «a las cosas de su Padre».

Para Francisco, la pobreza no es, en primer lugar, una renuncia o una estrategia. La pobreza es el mismo misterio del Hijo. Y es, por tanto, según Francisco, el camino privilegiado del Hijo, que da acceso a los tesoros de los hijos del Reino. Se convierte en la virtud evangélica por excelencia, real. La actitud evangélica fundamental, la del Hijo Jesús ante su Padre. Francisco defenderá celosamente este tesoro real: «Nadie ha ansiado tanto el oro como él la pobreza; nadie ha puesto tantos cuidados en guardar su tesoro como él esta margarita evangélica» (2 Cel 55).

Ser pobre en seguimiento de Cristo es, ciertamente, un don del Espíritu, unido a la Fe y al Amor. El Amor es el alma de la pobreza franciscana. Un amor desatinado que siente la imperiosa necesidad de identificarse con aquel a quien ama: Cristo. Cuanto más el hermano se une a la persona de Cristo, tanto más se desprende de lo que no es Él. Su pobreza brota del Amor y lleva al Amor.

Francisco enraíza también su actitud en otra intuición evangélica, tomada igualmente de la misma vida de Cristo: el Padre es todo Bien, de quien proceden todos los bienes y a quien todos los bienes deben volver. Como Jesús, quiere estar por entero en las manos del Padre, ser Hijo que lo recibe todo. Su pobreza es gozosa. Su pobreza canta. Maravillado, acogió un tesoro inestimable que, sin despreciarlos, relativiza todos los demás bienes. Ahora bien, sólo el hombre de deseo -por tanto, de corazón pobre- puede desear las riquezas del Padre, reveladas en Jesús. Un corazón adormecido, o prisionero de cualquier otro bien, corre siempre el riesgo de encerrarse. Francisco quiere permanecer disponible al Tesoro de Dios. Su pobreza es un camino real. Tiene la misma nobleza de Cristo en persona: «Esta es la excelencia de la altísima pobreza, la que a vosotros, mis queridísimos hermanos, os ha constituido en herederos y reyes del reino de los cielos, os ha hecho pobres en cosas y os ha sublimado en virtudes. Sea esta vuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivientes. Adheridos enteramente a ella, hermanos amadísimos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, jamás queráis tener ninguna otra cosa bajo el cielo» (2 R 6,4-6).

De ahí que Francisco haga de la pobreza la primera condición para compartir su vida evangélica: «No admitía a la Orden sino a los que se expropiaban de todo lo suyo y no se reservaban nada de nada» (2 Cel 80). A un hombre que le pidió vivir con él, Francisco le dijo: «Si quieres asociarte a los pobres de Dios, distribuye antes tus bienes entre los pobres del mundo» (2 Cel 81; cf. Test 14-17).

Se comprende también su apremiante y angustiosa llamada ante la evolución inevitable de su gran familia (Test 24).

VI. Cuando la mendicidad...se convierte en mimo simbólico del misterio del hombre

«Y, cuando sea menester, vayan por limosna. Y no se avergüencen, y más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios vivo omnipotente, puso su faz como piedra durísima y no se avergonzó; y fue pobre y huésped y vivió de limosna tanto Él como la Virgen bienaventurada y sus discípulos. Y cuando los hombres los abochornan y no quieren darles limosna, den por ello gracias a Dios» (1 R 9,3-6).

Aunque Francisco invita a sus hermanos a recurrir a la mendicidad sólo en el caso en que no se les dé el legítimo salario por su trabajo (1 R 7,7-8), no puede menos de reconocerse que aprecia en gran manera vivir la situación poco honrosa de «mendigo». Con frecuencia impulsa a ella a sus hermanos.

Entre esta práctica de Francisco y el ideal de nuestra civilización moderna se da una contradicción total: ésta última se esfuerza por hacer todo lo posible a fin de liberar al hombre de la dependencia, de la alienación y hacerle responsable de su propio destino. Lo cual, por otra parte, coincide en muchos puntos con el plan creador de Dios. El hombre es colaborador de Dios. ¡En esta perspectiva resulta difícil comprender cómo un hombre podría ser mendigo de otro hombre, e incluso del mismo Dios!

Francisco plantea a muchos hermanos y hermanas comprometidos en nuestro mundo dificultades en este ámbito. ¿Hay que eliminar el interrogante que su comportamiento suscita y reducirlo a un mero fenómeno sociocultural superado? ¿Ha quedado caducado su lenguaje en este terreno? Por otra parte, hace ya mucho tiempo que sus hermanos y hermanas no viven de la mendicidad. ¿Puede la familia franciscana seguir inspirándose en Francisco en este ámbito?

No obstante, intentemos entablar un diálogo entre Francisco y nuestra mentalidad actual. Es necesario, una vez más, discernir bien lo que pertenece al ámbito sociocultural y las motivaciones profundas de Francisco. Tal vez resulte entonces posible el aceptar ser puestos en tela de juicio por la insólita práctica del Pobrecillo. Pues su comportamiento tiene mucho que ver con su concepción de los bienes materiales, de la propiedad, las relaciones entre las personas, la situación del hombre ante sí mismo y frente a Dios, la organización de la sociedad.

Recordemos, en primer lugar, que ya en tiempo de Francisco la mendicidad estaba bastante mal vista: «Cuando salían a pedir limosna por la ciudad, apenas ninguno les daba nada; por el contrario, se mofaban de ellos, echándoles en cara que habían dado sus bienes propios para consumir los ajenos... porque, en aquellos tiempos, a nadie se le ocurría dejar sus propios bienes para luego pedir limosna de puerta en puerta» (TC 35).



1. Su mendicidad tiene un fundamento "crístico"

Cristo es el Señor, el heredero que ha recibido del Padre todos los bienes. Todos los bienes, incluso los terrestres, le pertenecen. Ahora bien, Cristo se hizo pobre para compartir esta herencia (bienes espirituales y temporales) con todos los pobres. Desde ese momento, los pobres tienen, por tanto, derecho a esta herencia. Negárselo es un robo. Esta visión de fe da a Francisco una concepción original de la propiedad. No se da al pobre. Se comparte con él, e incluso se le restituye lo que por derecho le pertenece (cf. 2 Cel 87-92). «Si alguna vez le daban las cosas necesarias para la vida, no sólo las entregaba generosamente a los pobres que le salían al paso, sino que incluso juzgaba que debían serles devueltas, como si fueran de su propiedad» (LM 8,5).

Si sus Hermanos se han unido voluntariamente a los pobres, para vivir como Cristo, tienen consiguientemente derecho a la herencia de los pobres, a la «limosna», es decir, a compartir los bienes. «La limosna es la herencia y justicia que se debe a los pobres, adquirida para nosotros por nuestro Señor Jesucristo» (1 R 9,8). ¡Pero Francisco considera que no tiene ningún derecho a conservar nada, sea lo que fuere, cuando lo necesita alguien más pobre que él! ¡Esto es lo que interpela a nuestras sociedades actuales! ¡Eso es lo que abre perspectivas socioeconómicas nuevas! La tierra es una única herencia colectiva, puesta a disposición de todos los hombres, en función de sus necesidades. ¡Francisco es peligroso como el Evangelio! ¡Utópico como el Evangelio! ¡Nuestras actuales estructuras sociales, nacionales e internacionales, basadas en el tener y no en las necesidades reales de las personas, son cuestionadas por este «mendigo»!

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2. Un comportamiento que quiere salvaguardar la prioridad de las relaciones humanas

Con su comportamiento -una existencia límite, profética, que no es dada a todos- Francisco recobra la prioridad de las relaciones humanas sobre los bienes acumulados. Al obispo que se asombra por su opción de pobreza radical, Francisco le responde sencillamente: «Señor, si tuviéramos algunas posesiones, necesitaríamos armas para defendernos. Y de ahí nacen las disputas y los pleitos, que suelen impedir de múltiples formas el amor de Dios y del prójimo; por eso no queremos tener cosa alguna temporal en este mundo» (TC 35).

Para Francisco, los bienes -legítimos en sí- deben seguir siendo medios de subsistencia y, sobre todo, de relaciones. La vida fraterna es reciprocidad de servicios materiales y espirituales mutuamente solicitados y prestados. Así debería ser a nivel de las familias, de las comunidades humanas, de las relaciones entre los pueblos. Francisco sabe por su propia experiencia familiar cómo los bienes apropiados, desviados, degradan y pervierten todas las relaciones humanas hasta el odio y la violencia. Nuestra época está verificándolo a nivel planetario. Si Francisco siente horror visceral al dinero es porque el dinero se ha convertido en símbolo del dominio del hombre sobre los bienes, de la capitalización en detrimento de las relaciones con los demás hombres y con Dios. ¡Francisco interpela, pues, vigorosamente nuestra concepción materialista del triunfo, que nos lleva incluso a valorar el desarrollo de una nación por su producto nacional bruto! Está convencido de que lo que constituye la grandeza del hombre no es su poder adquisitivo sino su capacidad de relaciones, de amar y ser amado. La pretensión del hombre de poseer «como propio» lo que ha recibido gratuitamente para compartirlo, es una «desviación» de fondos que desnaturaliza su propio misterio.


3. Su mendicidad expresa mímicamente... el misterio del hombre frente a Dios

Francisco tiene conciencia de recibirlo todo de Dios: la vida, el pan, el Espíritu, los dones materiales y espirituales. Se sabe «mendigo de Dios». Y como Dios es amor, esta actitud de verdad no es alienante sino liberadora. Su mendicidad voluntaria le descubre el misterio del hombre y de sus relaciones con el mundo creado. El hombre recibe todo y «se recibe a sí mismo» de Dios. Por ello, quiere comer en las «manos de Dios».

Este misterio está completamente borrado en nuestros días por los complejos circuitos que van desde el fruto de la tierra hasta su consumo por el hombre. Todo está cerrado sobre el hombre mismo. El hombre olvida necesariamente que todo es don. Francisco quiere, pues, vivir y significar comunitariamente la auténtica condición humana. Ser uno mismo en el amor, que es relación, acogida e intercambio. Además, no trampea con la verdad del hombre y su finitud. A sus ojos, la famosa «autonomía de los valores temporales» resultaría muy dudosa. ¡Si el hombre tiene consistencia sin Jesucristo y sin Dios, se desembaraza más pronto o más tarde de este «excedente»!

Para Francisco, Dios no es una dimensión «sobreañadida», sino esencial de la vida del hombre. No puede ser una opción facultativa. Él es o Él no es. Y si Él es, Él es la identidad profunda del hombre. Francisco quiere manifestar con toda su vida esta verdad de Fe. El hombre es un deseo infinito en una gran pobreza de límites. La imposibilidad de conciliar estos dos aspectos explica todas las perversiones sociales y económicas. Ahora bien, uno no puede escapar de sí mismo. Pronto o tarde hay que aceptar vivir en sí, en la verdad. La pobreza mendicante de Francisco es esta incompletez reconocida, asumida y abierta al Bien plenificante que es Dios. Su pobreza no es exaltación de la miseria, que debe combatirse con todos los medios, sino el signo de una carencia absoluta.

Por lo demás, todos esos «pobres» -enfermos, minusválidos- que viven en una situación de dependencia, nos invitan sin cesar a descifrar nuestro propio misterio. Nos revelan algo fundamental sobre el hombre. Interpelan nuestra llamada «felicidad». No en balde nuestras llamadas sociedades de consumo los segregan y aíslan espontáneamente. Para Francisco, ellos son palabras de verdad sobre el misterio del hombre, que no existe fuera de la relación de amor. Si «el hombre viviente es la Gloria de Dios», la visión de Dios es «la vida del hombre» (¡siempre se olvida el final de esta cita de san Ireneo!). Francisco lo vive simplemente, rigurosamente.

VII. Cuando orar... es también una manera de seguir a Cristo

Para Francisco, también orar es una forma de seguir las pisadas de Jesucristo. Pues, para él, Cristo es ante todo y sobre todo el Hijo que ha orado y ora al Padre. La oración es Jesús vivo.

Y Francisco no puede concebir su oración fuera de la oración del Hijo único, el único Adorador e intercesor que «basta» al Padre. «Y porque todos nosotros, míseros y pecadores, no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu hijo amado, en quien has hallado complacencia, que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas nos has hecho, te dé gracias de todo junto con el Espíritu Santo Paráclito, como a ti y a Él mismo le agrada» (1 R 23,5). La oración del hombre sólo es posible por Jesús, con Jesús, y en Jesús. Por eso Francisco la acogerá siempre como un don del Espíritu que adora e intercede en nosotros. Quiere estar abierto a las «visitas del Señor», al «suave maná» gratuito que Él nos ofrece.

Por eso, esta disponibilidad interior al Espíritu será el corazón de su forma de vida evangélica y el primer objetivo de la vida del hermano menor. Nada nos urge tanto como hacer, con todo nuestro ser -corazón, voluntad, inteligencia, cuerpo-, una «casa», una «morada» en la que el Espíritu habite, susurre, adore, interceda, cante. Invitará a sus hermanos sin cesar a subordinarlo todo -incluida la vida apostólica- a la vigilancia del corazón que aleja constantemente todos los «cuidados y preocupaciones» que puedan desviarnos de la Presencia del Señor (1 R 22,25-30; 2 R 10,8-9; 2 R 5).

Su ritmo de vida es significativo. Desde su conversión, el Espíritu le confía una forma original de integrar la preocupación apostólica y la gratuidad ante Dios, la ruptura y la comunión. Ni monje ni clérigo, integrará las exigencias del «seguimiento de Cristo» en una alternancia nueva. Tan pronto recorriendo los caminos para salvación de sus hermanos, como retirado en un eremitorio, en una iglesia abandonada o en los bosques..., o en su celda, para ocuparse sólo de Dios. La lista de estos tiempos de «soledad» es impresionante. En sus biografías pueden advertirse dieciocho lugares de retiro, repartidos por todo el territorio que surcó. Lo cual no le impedía en modo alguno recorrer -hasta el límite de sus fuerzas- los caminos de Italia e incluso partir varias veces hacia tierras lejanas. Era capaz de visitar en un mismo día, a pie o sobre la grupa de un asno, cuatro o cinco pueblos.

Francisco tiene sed de Dios, como tiene sed de la salvación de sus hermanos. Sed de silencio y sed de encuentros. Sabe, en medio de las gentes, prepararse un santuario interior en el que «vela» en presencia de su Señor. Aunque esta dimensión contemplativa de su vocación le produjo a veces dificultades. Varias veces, a lo largo de su vida, se vio tentado a retirarse totalmente a un eremitorio y sometió humildemente este debate interior a la decisión de sus hermanos y hermanas (LM 12,1-2).

Esta dimensión de la vocación de Francisco y de sus hermanos es tan evidente que compuso una Regla para la vida en los eremitorios a los que sus hermanos podían -al menos temporalmente- retirarse para «dedicarse a Dios». Con frecuencia emplea palabras severas contra los hermanos predicadores que ya no saben dedicar tiempos gratuitos a la oración (2 Cel 164).

Orar es también revivir toda la gama de los sentimientos vividos por Jesús en su oración. Francisco pasa a ratos de la alabanza a la súplica, del grito a la exultación, de las lágrimas al júbilo. Pero es evidente que la acción de gracias es su forma dominante de oración. Empleando las mismas palabras de Cristo, no para de bendecir y alabar los beneficios y las perfecciones del Altísimo. La «ben-dición» es la trama de su vida de alabanza. Pasará su vida «bendiciendo» a su Señor, «diciendo bien» de su Señor (1 R 23; AlD). Desde su conversión hasta su muerte, «alaba y glorifica a Dios». Insultado, incomprendido, cubierto de lodo, «daba gracias a Dios» (1 Cel 11). Despojado de todo, maltratado por los ladrones, «se puso a cantar con una voz más vibrante todavía las alabanzas al Creador» (LM 2,4-5). Francisco tiene la capacidad de convertir el santo Evangelio en un canto.

En el transcurso de sus primeros años, durante los cuales fue eremita-obrero de la construcción, sus primeras e ingenuas exhortaciones por las calles de Asís, donde pide limosna de piedras y de aceite, son ya cantos de alabanza y de alegría, una profusión del Espíritu (TC 21). «Si, estando de viaje, cantaba a Jesús o meditaba en Él, muchas veces se olvidaba que estaba de camino y se ponía a invitar a todas las criaturas a loar a Jesús» (1 Cel 115). Convierte sus viajes apostólicos en canto de alegría (TC 33; 2 Cel 127). Esta forma de orar lo acompañará hasta su muerte. Puesto que, un año antes de morir, casi ciego, dolorido y enfermo en todo su cuerpo, en una cabaña infestada de ratones, compone esa obra maestra de la oración de acción de gracias: el «Cántico de las Criaturas». ¡Muere cantando! «¡Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal!» (2 Cel 217).

Está convencido de que toda la historia de la creación y de la salvación es un inmenso canto de amor. Todas las criaturas han sido creadas para glorificar a su Creador.
Adorar y dar gracias son actos fundamentales, vitales para la salud psicológica y espiritual del hombre. Teilhard de Chardin escribía: «La humanidad se verá pronto obligada a escoger entre el suicidio y la adoración».
Para Francisco la meta de la misión es «glorificar». Los hermanos son enviados al mundo para suscitar adoradores. Francisco decía: «Tal debería ser el comportamiento de los hermanos entre los hombres, que cualquiera que los oyera o viera, diera gloria al Padre celestial y le alabara devotamente» (TC 58). Esta actitud será el tema de un capítulo de su Regla, titulado «Exhortación que pueden hacer todos los hermanos» (1 R 21). En un mundo con frecuencia mezquino, absorbido por la preocupación de la eficacia, los hermanos son testigos de la gratuidad del amor y de la acción de gracias. Su alabanza es ya predicación. Una de sus misiones esenciales consiste en invitar a los hombres a la alabanza.

¡Mantener a los hombres en la alabanza! ¡Francisco tiene incluso la utopía profética de convertir la alabanza en una exigencia social para todas las autoridades de los pueblos! (CtaA 7). En su opinión, las fraternidades franciscanas deberían ser lugares privilegiados de aprendizaje de adoración, donde todos los fieles pudieran hallar un espacio de gratuidad.

Sin embargo, no creamos demasiado aprisa que la oración de Francisco fue sólo un perpetuo «canto de alegría» sobre un fondo constante de «gran calma». No olvidemos que su oración es enteramente "crística", vivida según los sentimientos de Cristo. Y Cristo no conoció sólo una oración de tranquila intimidad con su Padre; la oración más detallada que nos han conservado los evangelios es incluso un combate (agonía=combate).

Se comprenderá por tanto que la oración de Francisco asuma las formas, alegres y dolorosas a la vez, del acontecimiento de la Salvación, siempre actual y permanente, en el que el grano debe morir para poder dar fruto.

 Lo cual explica las grandes pulsaciones de su oración, en la que se funden en un mismo canto sentimientos violentamente opuestos; su alegría desemboca a veces en la pasión de Aquel que ha reconciliado este mundo y le ha devuelto su belleza original: «Algunas veces hacía también esto: la dulcísima melodía espiritual que le bullía en el interior, la expresaba al exterior en francés, y la vena del susurro divino que su oído percibía en lo secreto rompía en jubilosas canciones en francés. A veces -yo lo vi con mis ojos- tomaba del suelo un palo y lo ponía sobre el brazo izquierdo; tenía en la mano derecha una varita corva con una cuerda de extremo a extremo, que movía sobre el palo como sobre una viola; y, ejecutando a todo esto ademanes adecuados, cantaba al Señor en francés. Todos estos transportes de alegría terminaban a menudo en lágrimas; el júbilo se resolvía en compasión por la pasión de Cristo. De ahí que este santo prorrumpía de continuo en suspiros, y al reiterarse los gemidos, olvidado de lo que de este mundo traía entre manos, quedaba arrobado en las cosas del cielo» (2 Cel 127).

Desde su conversión, su oración en la soledad de las grutas de los alrededores de Asís está tejida de alegría y de duda, de suavidad y de lágrimas, de luz y de tinieblas. Es lo que sus biógrafos llaman los «combates del Señor», los «combates de la fe». Cuando Francisco invita a sus hermanos a «entregarse» a la oración, sabe de qué habla. La oración es una tarea (cf. 1 Cel 6 y 10). Francisco experimentó a lo largo de su ascensión hacia Dios tales «oraciones de combate».

Primeramente, porque el hombre no termina nunca de crecer, de dejarse crear por Dios.
En segundo lugar, porque la vida evangélica -en la fe- es una génesis. Conocerá los asaltos de las tinieblas, de la duda, del cansancio y del descorazonamiento (LM 10,3; LP 65, 118-119). «Durante su estancia en el mismo lugar de Santa María, el bienaventurado Francisco fue víctima, para bien de su alma, de una grave tentación de espíritu. Se encontraba fuertemente turbado interior y exteriormente, en su alma y en su cuerpo. Algunas veces hasta huía de la compañía de los hermanos, porque no podía, a causa de aquella tentación, presentarse con su sonrisa habitual... Frecuentemente se retiraba a orar a un bosque cercano a la iglesia. Allí podía dar curso libre a su pena y derramar abundantes lágrimas en la presencia del Señor... Durante más de dos años, día y noche, fue atormentado por aquella tentación» (LP 63).

¿Hay que asombrarse por esta dimensión de la oración, en la que el hombre es asociado a la oración redentora de Cristo? La oración se torna Pascua, grito, muerte, agonía. Ninguna vida de oración puede escapar de esta dimensión pascual. Es la hora de prueba de la fe, en la que hay que resistir en la noche. Francisco conoció este itinerario obligado, en el cual el grano debe morir para dar fruto. ¡Cómo podría el hombre, creado, limitado, acoger la infinitud de Dios sin sentir estallar sus estrecheces! La oración es, con frecuencia, tiempo de labranza, de sementera, en la que el Espíritu da lentamente forma de eternidad a nuestro ser. En la oración, el Espíritu prepara al hombre para el encuentro resplandeciente de la visión de Dios. Francisco no fue dispensado de este itinerario.

VIII. Cuando la alegría anuncia... la verdad y el triunfo del evangelio

«Y guárdense de mostrarse tristes exteriormente o hipócritamente ceñudos; muéstrense, más bien, gozosos en el Señor y alegres y debidamente agradables» (1 R 7,16).

¡Muchas veces se describe a Francisco como a un «pobre que canta»! Tiene el arte de reconciliar todas las paradojas del Evangelio. Sacude los tapices de nuestras frías liturgias solemnes. Irrita, o divierte, o perturba nuestros graves y serios coloquios sobre: «-¿Tiene la Iglesia futuro? -Creer hoy, ¿por qué? -¿Puede transmitirse la fe a nuestros hijos...?» Francisco, por su parte, convierte en fiesta el Credo que nosotros recitamos con voz a menudo monocorde.

Para él, el Dios de los cristianos es alegría y fuente de toda alegría: «¡Tú eres el gozo, Tú eres nuestra esperanza y alegría!» (AlD 4). Abrirse a Dios en la fe es abrirse a la alegría. Su cristianismo es una experiencia jubilosa de la gratuidad de la salvación, en la que se sumerge su deseo, colmado y radiante. Dios es Dios. Su amor misericordioso, su gratuidad se derrama en su alma y llena sus manos vacías. Allende mi pecado, más allá de mi indigencia, Dios es. Y eso embelesa a Francisco.

La alegría de los hermanos brota de la Buena Noticia de Cristo y conduce a Cristo. La alegría evangélica es una fuente interior y un camino hacia Dios (Adm 21). Seguir al Cristo de las Bienaventuranzas es acoger Su alegría: «Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11; cf. Rm 14,17).

La alegría de los hermanos es una Buena Noticia que manifiesta que el santo Evangelio «triunfa» en el corazón del hombre. No tiene nada que ver con la «loca alegría», efímera, frágil, que se proporciona el hombre. «El espíritu de alegría», la «santa alegría», es, para Francisco, un don del Espíritu del Señor Resucitado (cf. Jn 20,20).

La alegría de ser amado, indultado, salvado gratuitamente es el arma privilegiada contra las fuerzas del mal y la tristeza de las tinieblas. «Aseguraba el Santo que la alegría espiritual es el remedio más seguro contra las mil acechanzas y astucias del enemigo... Los demonios no pueden hacer daño al siervo de Cristo, a quien ven rebosante de alegría santa... Por eso, el Santo procuraba vivir siempre con júbilo del corazón, conservar la unción del espíritu y el óleo de la alegría. Evitaba con sumo cuidado la pésima enfermedad de la flojera, de manera que, a poco que sentía insinuársele en el alma, acudía rapidísimamente a la oración. Y decía: "El siervo de Dios conturbado, como suele ser, por alguna cosa, debe inmediatamente recurrir a la oración y permanecer ante el soberano Padre hasta que le devuelva la alegría de su salvación"» (2 Cel 125).

 La alegría será muchas veces, en Francisco, la victoria de la fe en el corazón de la noche de la duda. Su «Cántico al hermano sol» es un canto pascual que brota de un hombre agotado, ciego, pero que ha recobrado la convicción interior de que Cristo le abre su Reino gratuito. ¡Revivir los actos salvadores de Cristo, colaborar al acontecimiento permanente de la Salvación en la oración, la liturgia, la predicación o las pruebas...! ¡Qué alegría produce todo eso! ¡Con el corazón purificado, despojado, simplificado, en perfecta armonía con el Proyecto de Dios, «su supremo consuelo» se cifra en cumplir «tu santa voluntad»! (LM 14,2).

Ser alegre es una manera de amar a los hermanos. Es una invitación a vivir, a esperar. La alegría es un acto fraterno. Mi hermano tiene necesidad de mi alegría para vivir, de la misma manera que yo necesito de su alegría para vivir. Que mis «hermanos estén siempre alegres en el Señor» (cf. Flp 4,4). Su alegría personal y comunitaria es un acto profundamente misionero. «¿Qué son, en efecto, los siervos de Dios -decía Francisco-, sino unos juglares que deben mover los corazones para encaminarlos a las alegrías del espíritu?» (LP 83g). Ojalá nuestras comunidades cristianas sean testigos de esta alegría que brota del corazón de Dios y del hombre que se supera, crece y se perfecciona a través de muchas luchas. Dios nos inventa cada día junto con nosotros mismos. Dios nos invita a participar de su propia alegría: la alegría de crear.

Francisco tiene también una mirada admirativa -tan opuesta a la envidia instintiva del hombre-, capaz de alegrarse por las cualidades de sus hermanos, por su progreso humano y espiritual, por su propia dicha, por sus actos que exhalan el «perfume de Jesucristo». Discierne en cada uno, con gran alegría, un reflejo de Dios, un eco de su Palabra, una huella de sus dones.

Francisco y sus hermanos vivieron esta admirable paradoja: la pobreza voluntaria -como la de Cristo, que abandonó libremente la gloria divina para abajarse a la fragilidad humana- es manantial de alegría. Este singular desposorio de la pobreza con la alegría, puede parecer chocante y escandaloso a quienes experimentan su miseria como una degradación y una injusticia.

 No fue ese el caso de Francisco y sus hermanos. Ellos experimentaron algo muy distinto. Son testigos asombrados, alegres y maravillados de la verdad de la palabra del Señor: «¡Bienaventurados los pobres!» Esta bienaventuranza -la del Hijo- es accesible sólo al hombre que acoge la gratuidad de las insospechadas riquezas del santo Evangelio como un niño, cuya mayor alegría consiste en recibir todo de su padre: «No teniendo dónde cobijarse, fueron en busca de algún techo. Hallaron una capilla muy pobre, casi abandonada... Levantaron allí una cabañita, en la cual vivían juntos. A los ocho días se les presentó otro ciudadano de Asís llamado Gil... Con gran fervor y reverencia, se arrodilló ante el bienaventurado Francisco y le pidió que se dignase aceptarlo en su compañía. 
Al oír y ver aquello el bienaventurado Francisco, se puso muy contento y lo recibió con mucho gusto y alegría. Los cuatro sintieron una inmensa satisfacción y gustaron un profundo gozo espiritual... De camino alborozábanse no poco en el Señor. El varón de Dios expresaba su júbilo con voz brillante y en francés, alabando y bendiciendo al Señor. Realmente rebosaban de gozo igual que si hubiesen logrado el más rico de los tesoros» (AP 14-15).

Y entonces, la alegría, más fuerte que las adversidades, las burlas de las gentes razonables y de los sabios de este mundo, las persecuciones morales y físicas, envuelve a Francisco y a sus hermanos como una suave luz radiante, la del Sol de Cristo viviente, cuyo reino comienza en la noche.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XI, n. 31 (1982) 6-24]