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De niño corría por las calles de Florencia, crecía en un hogar piadoso y bien acomodado, y, aunque no era travieso, y ya entonces le solían llamar Felipe el Bueno, hacía también alguna trastada, como subirse a un asno que por casualidad habían dejado a la puerta de su casa y galopar sobre él hasta que el animal lanzaba dos corcovos, bajaba el cuello, meneaba las orejas y tiraba al suelo su pequeña carga.

Entonces Felipe, como todos los niños, lloraba. Ya adolescente, pasa a San Germano, al pie de Montecasino, como ayudante de comercio, al lado de un tío suyo. Los escudos brillan en sus manos, pero el joven los desprecia. «Felipe no será nunca un buen comerciante—dice su tío con pena—; yo se lo dejaría todo en herencia si no fuese por esa manía de rezar.»

Efectivamente, más que entre las mercancías, el joven vivía en las iglesias; y cuando algún muchacho se presentaba en la tienda, en vez de regatear con el fin de hacer un buen negocio, como acostumbra todo buen comerciante, Felipe se entretenía preguntando a sus clientes si sabían el Padrenuestro, si había uno o tres Dioses, si habían comulgado por Pascua florida y otras cosas semejantes. El mismo comprendió que no estaba hecho para aquello, y un buen día, sin despedirse de nadie, desapareció de casa y tomó el camino de Roma. Tenía entonces veinte años.

En Roma estudia elocuencia, filosofía y teología, y vive dando lecciones. Por lo demás, sus gastos no eran muchos; como alimento cotidiano, le basta un pan y un vaso de agua. Busca el desprecio con el mismo arte que otros ponen en conquistar la admiración, y escribe poemas para su propio deleite y entretenimiento; como todos los florentinos, hace versos italianos y compone también elegías en latín como pocos sabían hacerlo. Son versos de amor, pero de amor a lo divino, llenos de aquella unción ardorosa que ya entonces inspiraba su vida.

«Yo amo—exclamaba en un soneto—; y no puedo dejar de amar. Quiero que mi amor se haga vuestro y el vuestro mío; quiero que, por un trueque admirable, seas Tú yo, y yo Tú. 

¡Ah! Venga pronto el momento feliz en que yo salga de mi horrible prisión, de y el poeta termina su apasionada efusión con este bello pensamiento: 
« !Oh dulce sonrisa de la tierra! ¡Oh canto de la brisa que pasa entre el follaje! ¡Cielo claro y aguas tranquilas! Nunca el sol me pareció tan brillante. Los pájaros dicen: ¿Quién es el que no se alegra y no ama? 
Yo solamente; no puede alegrarse el alma con las alas rotas.» 

Algo más tarde todo había cambiado: el alma de Felipe era un ascua encendida en la llama divina. En el exceso de sus arrebatos amorosos, veíase obligado a exclamar: «Basta, Señor, basta, que no lo puedo sufrir.» Y su cuerpo temblaba agitado por la vehemencia del amor divino. Desde entonces su corazón empezó a palpitar de una manera tan violenta, que levantaba su túnica y hacía oscilar los objetos que se hallaban junto a él.

A los treinta años el estudiante abandonó los libros y se entregó por completo a las obras de caridad. Las noticias que llegan a Roma de las proezas apostólicas de San Francisco Javier le deciden a marchar a las Indias para predicar el Evangelio; pero cuando se dispone a poner en práctica su proyecto, oye una voz que le dice: «Felipe: la voluntad de Dios es que vivas en esta ciudad como si estuvieras en un desierto.»

Desde entonces se le ve buscando a los pobres y a los peregrinos, para darles comida y alojamiento, para instruirles y guiarles a través de las basílicas de Roma. Camina de basílica en basílica, visitando los altares, buscando a los hombres piadosos y entreteniéndose con los mendigos que piden limosna a la puerta. él mismo duerme en los pórticos y en las sacristías.

Le gusta, sobre todo, andar con los niños y los jóvenes. Les recoge, les procura piadosas diversiones, conciertos y alegres paseos, que él sabe transformar en peregrinaciones. él mismo juega con la tropa infantil, la adiestra en la carrera, en la música y en la declamación.

Aún se visita el pequeño oratorio, donde pasaba largos ratos con San Carlos Borromeo, San Camilo de Lelis, San Ignacio de Loyola y San Félix de Cantalicio.
Allí, bajo una eminencia del Janículo, que domina toda Roma; y que fue transformada por él en anfiteatro, a la sombra de los árboles, hacía representar a los muchachos pequeñas comedias, propias para inspirar la piedad y la virtud. Era una manera de santificar y ennoblecer el arte. Solía decir:

«La experiencia enseña que, alternando los ejercicios serios con los espectáculos agradables, se atrae lo mismo a los pequeños que a los grandes. ¿Acaso nuestro Señor no se servía de estas redes para cazar las almas?» Era un verdadero sembrador de alegría. «Jugad—decía a su tropa—, gritad, divertíos; lo único que os pido es que no cometáis un solo pecado mortal.» Y cuando le preguntaban cómo podía resistir la algazara infernal de los chiquillos, contestaba:

«Con tal de que no ofendan a Dios, pueden cortar leña sobre mi espalda, si les place.»

A los cuarenta años, el catequista, ordenado de sacerdote, se hace director de almas. Jamás se vio un confesor más paciente, más amable, más sugestivo; jamás se vio tan formidable cazador de almas. Su gran preocupación era que nadie se despidiese triste, que nadie se desalentase, que ningún pecador desconfiase de convertirse. Y con la dulzura, solía decir, se consigue más que con la aspereza.

A una dama que le preguntaba si podía llevar zapatos con altos tacones para parecer más alta, dióle esta respuesta: «Llévelos, hija mía, llévelos, pero cuide de no caerse.»

Muchos de sus penitentes, llevados del deseo de recoser su doctrina, iban diariamente después de comer al hospital donde el santo tenía su residencia.

Felipe los recibía en una habitación, se sentaba en el borde de su cama y se entretenía con ellos hablando dé cosas espirituales.

Poco a poco los discípulos en una iglesia, y al fin la concurrencia creció tanto, que se hizo necesario distribuirla en grupos, al frente de los cuales puso el maestro a uno de sus discípulos más aprovechados.

Así nació el instituto del Oratorio, sin más reglas que los cánones, sin más votos que los compromisos del bautismo y de la ordenación, sin más vínculos que los de la caridad.

Las reuniones empezaban siempre con una lectura; a continuación venía el comentario del que presidía; después empezaba una enseñanza dialogada, y, finalmente, uno de los ayudantes del santo, al principio César Baronio, recordaba algún punto de Historia eclesiástica y sacaba de él la enseñanza teológica o moral. La Congregación del Oratorio quedó establecida definitivamente en 1575.

Esta actividad crecía al mismo tiempo que el fuego que inflamaba aquella vida. Era tal, que tenía que hacer continuos esfuerzos para no levantarse en el aire. Cuando ofrecía el Sacrificio, su alma quedaba enajenada; sus ojos, inmóviles, y sus brazos, levantados.
Tenía que hacer un gran esfuerzo para bajarlos otra vez y volver a la tierra.

Al pronunciar el Agnus Dei, su ayudante solía dejarle solo durante dos horas, y cuando volvía le encontraba con frecuencia en éxtasis. La ley de la gravitación física no parecía hecha para él. Veíasele rodeado de luz.

A veces, San Ignacio y él se encontraban en la calle o a la entrada de una iglesia, y entonces los dos fundadores se miraban silenciosamente durante largo rato, y se despedían sin pronunciar palabra. Lo mismo que Ignacio, Felipe andaba muy demacrado; comía poco y dormía menos, y cuando le aconsejaban que tomase algún alimento sustancioso, respondía graciosamente:

«Tengo miedo a engordar.» Tuvo el don de milagros y el de lágrimas. Sus ojos parecían hechos para llorar. Lloró tanto, que todos se extrañaban de que conservase la vista.

Cuanto más subía a los ojos de los hombres, más bajaba a sus propios ojos. «Señor—decía—, guardaos de mí; si no me sujetáis bien con vuestra gracia, os haré traición hoy mismo, y cometeré yo solo los pecados del mundo entero.»

Espíritu lleno de suavidad, Dios le dio la gracia de una muerte dulce y tranquila. «Hay que morir», repetía en sus últimos días.

El 25 de mayo de 1595 dijo la misa como de ordinario; confesó, rezó y comió como de costumbre. Después abrazó a sus discípulos y se retiró a acostar.

Aquella noche preguntó « ¿Qué hora es» «Las tres», le respondieron. «Tres y dos, cinco—murmuró él—; tres y tres seis; después, la partida.»

A las cinco se levantó y empezó a pasear por la habitación; y algo después volvía a echarse en el lecho para no levantarse más. Eran las seis de la madrugada.
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