Anécdotas de San Felipe Neri




Tenía gracia y sabía hacer las cosas con humor. Enseñaba y avisaba sin ofender.
Y riendo, riendo, metía las verdades mayores en las almas.

Aquel joven —éste es uno de los casos suyos que más se cuentan— era un buen soñador. Felipe le quiere hacer ver la vanidad de la vida, y empieza con sus “después” famosos: -Y ahora muchacho, ¿qué piensas hacer, muchacho? -Pues, estudiar fuerte y sacar mi carrera.
-¿Y después?... -Después, buscarme un trabajo que me dé nombre y me dé dinero.
-¿Y después? -Después, me buscaré mi novia, naturalmente, y que sea buena y bonita.
-¿Y después? -Después, me casaré, y a ser feliz.
-¿Y después? -Después..., eso que he dicho, a ser feliz toda mi vida con mi mujer.
-¿Y después?... -¡Toma! Pues, como todos los hombres. Después, a morir, y ojalá sea de viejo, ¿no le parece?...
-¿Y después? -Después, después...
-Ya te lo digo yo. Después a presentarte en el tribunal de Dios, a darle cuenta de toda tu vida y a recibir de Él la sentencia que durará para siempre.

De una manera tan sencilla, tan divertida, tan simpática, orientaba a un joven por el camino de la vida para que su ideal fuese cristiano y no vulgar.

Con otro lo hizo de una manera más seria, aunque igual de alegre.
Entre sus discípulos del Oratorio tenía uno muy bien preparado, listo y ejemplar. Por luz divina —pues Felipe conocía mucho a las almas— intuye lo que le aguarda a aquel su estupendo dirigido, llamado César Baronio.

El Santo, en vez de dedicarlo a los estudios en los que brillaría tanto, lo manda a la cocina y allí lo tiene en humildad y sacrificio durante mucho tiempo.
César obedece rendido. Y sin quejarse, y con buen humor, escribe en la pared una frase que se ha hecho muy famosa:
-César Baronio, cocinero perpetuo. Cuando César está ya bien entrenado en la humildad y el sacrificio, Felipe lo saca de la cocina y lo destina a los estudios.

Vino lo que se esperaba: César investiga, enseña, escribe y se convierte como historiador en una autoridad, de prestigio enorme en toda Europa con su obra monumental de Los Anales. Ya teníamos al sabio y santo Cardenal Baronio, y no un profesor y un escritor vulgar y vanidoso.

Una penitencia un poco rara

San Felipe Neri era un santo con gran sentido común. Trataba a sus penitentes de una manera muy práctica.

Una señora tenía la costumbre de irse a confesar donde él y casi siempre tenía el mismo cuento que decir: el de calumniar a sus vecinos. Por ello, san Felipe, le dijo:

- De penitencia vas a ir al mercado, compras un pollo y me lo traes a mí. Pero de regreso lo vas desplumando, arrojando las plumas en las calles conforme caminas.

La señora pensó que ésta era una penitencia rara, pero deseando recibir la absolución, hizo conforme se le había indicado y por fin regresó donde san Felipe.

- Bueno, Padre, he completado mi penitencia.

Y le mostró el pollo desplumado.

- Oh, de ningún modo la has completado – le dijo el santo. Ahora regresarás al mercado y en el camino recoges todas las plumas y las pones en una bolsa. Entonces regresas donde mí con la bolsa”.

- ¡Pero eso es imposible! –lloró la señora–, ¡esas plumas deben de estar ahora por toda la ciudad!.

- Es cierto –replicó el santo–, pero tienes aún menor oportunidad de recoger todos los cuentos que has dicho sobre tus vecinos.



¿Cuándo empezamos a ser mejores?

Cuentan que San Felipe acostumbraba saludar a sus amigos con estas palabras:

- Y bien, hermanos, ¿cuándo vamos a empezar a ser mejores?

Si éstos le preguntaban qué debían hacer para mejorar, les explicaba y los llevaba consigo a cuidar a los enfermos de los hospitales y a visitar las siete iglesias, que era una de su devociones favoritas...



Santidad: ¡poca santidad!

Un día el Papa le encomendó una tarea de discernimiento de espíritu. Había una monja muy popular, de la que se decía que entraba en arrobamientos místicos. El Sumo Pontífice quería una opinión de Felipe al respecto.
El santo se puso en marcha hacia el monasterio un día de lluvia torrencial. El barro del camino le llegaba hasta la rodilla. Allí, mientras se secaba un poco, se acercó la monja considerada mística. Felipe le pidió:

- Hermana, por amor de Dios, sáqueme las botas y séqueme los pies que están como una gallina pasada por agua.

La monja lo miró extrañadísima y, con desaire, abandonó la habitación.
Felipe se encaminó al Vaticano, pidió ver al Papa y dio su parecer:

- Santidad: ¡Poca santidad!

Felipe Neri, el santo al que no le cabía el gozo en el cuerpo
Su autopsia reveló que tenía dos costillas rotas: la palpitación de su corazón, más grande de lo normal, se hizo espacio para latir

En el 1500 en Roma no había escuelas, sino que abundaba la miseria, y bandas de niños abandonados a si mismos, ladronzuelos y siempre hambrientos llenaban las calles intentando robar a los que pasaban o llevarse algo de comida de los puestos del mercado.

Culto, apasionado de Dios (se dice que en su primer éxtasis el corazón se le dilató en el pecho rompiéndole dos costillas) y siempre de buen humor, este joven florentino de buena familia nació en Florencia el 21 de julio de 1515.

“Pippo buono”, le llamaban todos, dio a los niños abandonados un hogar y una familia, y mendigó por las calles para que tuvieran qué comer, enseñándoles con el canto y la catequesis.

Sigue muy viva la risa de gran burlón que llevaba el corazón de pequeños y grandes a Dios a través de la alegría y la sencillez, como muestran estas anécdotas de su vida.


Sed buenos… ¡si podéis!


Felipe quería que sus niños crecieran en la alegría y cantando: todo lo contrario que la severidad y el uso del bastón que, en la época, se consideraban necesarios para educar a los jóvenes.

“Hijos míos –decía– sed alegres: no quiero ni escrúpulos ni melancolías, me basta con que no pequéis”.

Su frase famosa (se convirtió en el título de una película en 1983 con Johnny Dorelli) era: “Sed buenos… ¡si podéis!”.

Y en su dialecto romano, cuando sus chicos le hacían perder la paciencia, les decía la frase (dulcificada al final): “Te possi morì ammazzato… (algo así como “allá te mueras”) ppe’ la fede!” (¡por la fe!).

Mendigo por amor

Felipe intentaba proporcionar a sus chicos todo lo que necesitaban y no dudaba en llamar a las puertas de los palacios de los ricos para pedir limosna.

Se cuenta que una vez, un señor rico, molesto por sus peticiones, le dio una bofetada. El santo no se descompuso: “Esto es para mí –dijo sonriendo– os lo agradezco. Ahora dadme algo para mis chicos”.

¡Prefiero el paraíso!

Muchos recordarán la película de 2010 sobre la vida de san Felipe Neri protagonizada por Gigi Proietti: Prefiero el Paraíso. Pero quizás no todos sepan de dónde viene la frase.

La leyenda dice que al santo, amigo no solo de los niños de la calle y de la gente pobre, sino también de papas y cardenales (en particular del cardenal de Milán Carlos Borromeo) que a menudo le pedían consejo, se le propuso una vez ser él mismo cardenal.

Pero Felipe, que despreció siempre en su vida las riquezas materiales y todo privilegio, respondió en seguida: “¡Prefiero el Paraíso!”.

Un corazón vibrante

La intensidad con la que vivía se reflejó incluso físicamente, con un corazón tremendamente palpitante, en sentido literal. Muchos lo percibieron durante su vida, y lo constató en su muerte Andrea Cesalpino, el médico que le realizó la autopsia.

“En el año 1593 me llamaron, ya que Padre Felipe había enfermado. Noté una pulsación muy fuerte en el Padre, se me informó que era un asunto ya antiguo”, escribió en su informe, citado en el libro de Paul Türks Felipe Neri, el fuego de la alegría (Ed Guadalmena, Sevilla 1992. 36.).

“Buscando la causa, examiné su pecho y descubrí que estaba abultado, un tipo de tumor justo en las pequeñas costillas cerca del corazón. Tocándolo me di cuenta de que las costillas, en este lugar, estaban elevadas“, señala el informe.

Y añade: “El asunto se clarificó después de su muerte. Abriendo el pecho descubrí que las costillas del lugar estaban quebradas, los huesos separados del cartílago. De esta forma era posible que la palpitación del corazón, más grande de lo normal, tuviera espacio para latir”.




"EL GENEROSO NO EXIGE SUS DERECHOS"
"Sólo un corazón que ama ve la necesidad ajena antes que la propia"
En 1152 hubo una gran carestía en Roma y el pueblo pasaba hambre. El pan estaba tan escaso que el que no se apresuraba a proveerse en la mañana, corría el riesgo de quedarse sin él. San Felipe se encontraba en San Jerónimo de la Caridad, una capilla y asilo sacerdotal, con otros sacerdotes y algún laico.

Una señora piadosa, sabiendo que el santo estaba reducido a tal estado de miseria de no poder ni siquiera proveerse de pan, le llevó de regalo seis grandes piezas.

Semejante provisión le podía bastar para algunos días, pero Felipe, viendo a un sacerdote español en grave necesidad, se lo regaló, sin quedarse ni siquiera con una.

Próspero Crivelli, su penitente, le hizo la observación de que habría podido al menos ser un poco previsor.
El santo repuso: "¿Qué quieres? Ese pobre sacerdote es forastero y no encontraría fácilmente almas generosas.

Aquel día Felipe, por almuerzo y cena, se contentó con unas pocas aceitunas. Pero él bien podía decir con Jesús: "Mi alimento es hacer la voluntad de Él, que me ha enviado".

"Dos escoltas al salir de Misa"
"Podéis Ir en paz" no significa "a la una, a las dos y a las…¡tres!"
San Felipe Neri se las sabía todas. Por ejemplo, no quería que se hablara de su santidad, por lo que intentaba desorientar a los fieles y confundirlos. Su humorismo tenía también el fin de camuflar su piedad sin límites, haciendo llamar la atención sobre sus defectos externos y sus extravagancias. Pero su irresistible gusto por las bromas y las ganas de desbaratar algunos prejuicios y de confundir a los soberbios, los llevaba en la sangre desde pequeño.

Una vez, viendo que varios de los fieles salían de la iglesia después de recibir la comunión, sin dedicar un momento de acción de gracias al Señor, mandó dos monaguillos con dos cirios encendidos a que siguieran a estos "apresurados". ¿Por qué?. Preguntó uno de ellos. Y el santo les contestó:
"Simplemente para que acompañen al Santísimo que tú has recibido hace un momento y lo alaben de tu parte".


"LAS APARIENCIAS ENGAÑAN"
"Quien desea la Gloria no se preocupa de los pobres honores humanos"

El cardenal Alfonso Gesualdo, al visitar a Felipe, una vez le regaló una magnífica piel de marta, diciéndole:
-Usted está viejo y tiene necesidad de algo caliente. Puede ponérsela estando en su cuarto.
-Demasiado gentil, Eminencia -respondió el santo-, lo haré como dice.

Sin embargo, San Felipe no se contentaba con llevarla cuando estaba en su cuarto, sino también bajando a la Iglesia y en público. Muchas veces fue visto por las calles más populosas de Roma, vistiendo
sobre la ropa la piel.

Caminaba con aire de recogimiento y para llamar más la atención de la gente daba, de tanto en tanto, ojeadas de complacencia a su bello hábito.

 Cuando se daba cuenta de que era objeto de admiración por parte del pueblo, saltando se ponía a gorjear.

Otra vez se hizo afeitar por el hermano de la casa, Julio Svera, la mitad de la barba y de aquella manera salió por las calles; todos los que lo Encontraban lo miraban riéndose. El santo, en cambio, caminaba como si nada; iba serio, arrogante, haciéndoles a todos una reverente inclinación.

“DIOS SE ALEGRA CON NOSOTROS”
“Ese enemigo del alma debe ser atacado sin tregua ni contemplaciones"

Un día que estaba leyendo un libro de humor, muy gracioso, comenzó a reírse a las carcajadas. Otro religioso, molesto por su actitud, lo reprendió diciéndole:
– Los sacerdotes no deben reís ruidosamente.

Felipe, conservando su brillante sonrisa, le respondió:
– El Señor es bueno, ¿cómo no va a alegrarse de que sus hijos nos riamos? La tristeza nos hace doblar el cuello y no nos permite mirar al Cielo. Debemos combatir la tristeza, no la alegría.

La virtud de la alegría fue una de las que más brilló en la vida de san Felipe, alegría en la pureza y la caridad fraterna.

“AGUA MÁGICA”

“La gracia perfecciona incluso el sentido común”
Una mujer, suelta de lengua fue a ver al santo para pedirle consejo.
-Mi marido y yo no conseguimos ponernos de acuerdo. Nos peleamos por todo. Y lo peor es que él me pega, yo grito, los vecinos acuden…¡Créame, Padre!, es un verdadero infierno. ¿Qué me aconseja?

-Buena señora, tengo justo lo que usted necesita, una medicina infalible, un curalotodo milagroso. Tenga este frasco; cuando vuestro marido comience a reñir, beba un sorbo y manténgalo un momento en la boca. Haga siempre lo mismo cuando esté iniciando la discusión. Verá que el resultado será seguro.

Algunos días después, la mujer volvió con la botella vacía.
-Ha sucedido exactamente como usted dijo, padre Felipe. ¡Ha funcionado! Mi marido sigue peleando, pero yo estoy curada. Déme otra de esas botellas.

-Con gusto-sonrió el sabio Felipe entregándole otra botella de agua pura recogida de la fuente.

“LA HUMILDAD ES ALEGRE”

“Sacrificaba su fama por un bien superior”

Cuando tenía visitas de personas distinguidas hacía algunos arreglos cómicos en su vestimenta y narraba cuentos usando a menudo expresiones vulgares.
Una vez vino a verlo a la iglesia el noble romano Lorenzo Altieri, el cual jamás había visto al santo.

Cuál no sería la sorpresa de Altieri al verlo delante de él con los vestidos más ridículos. Vestía una vieja levita, tenía en la cabeza un bonete rojo y calzaba zapatillas blancas.

El médico que acompañaba a Altieri, comprendiendo su impresión, explicó el motivo por el que el santo vestía de aquella manera. Cuando supo que Felipe lo hacía así para mortificarse, quedó tan admirado que regresó otra vez a visitarlo y lo escuchó con gran respeto.

Estos extraños modos con que Felipe acogía a sus visitantes no eran del agrado de sus discípulos, quienes temían disminuyese la estima de la que el santo estaba rodeado.

Uno de ellos, un día lo dijo:
-Padre, estaría bien que con ciertas personas importantes usted se portara más serio, porque quien no lo conozca podría escandalizarse.

Y él, levantándose de un salto, repuso:
-Desearías tú que otros dijeran que yo soy un hombre que sabe escupir bellas palabras ¿eh? ¿No ves, ingenuo, que entonces dirían: Felipe es un santo? ¡Que vengan a mí los gentilhombres y los nobles que lo haré peor aún!

“UN LOCO ALEGRE, PERO PELIGROSO”

“Librándonos de las vanidades damos lugar a Dios en nosotros”

A simple vista, nadie daría ni cinco centavos por este viejito extravagante. Pero era todo un montaje para desorientar a los soberbios y reducir a los poderosos. ¡Quién sabe por qué a San Felipe le gustaba tanto jugar malas pasadas (a veces un poco crueles), incluso a los cardenales y a la gente de alcurnia!

Cuando éstos acudían a él para demostrarle su admiración, él hacía de todo para intentar desilusionarlos: se presentaba con un gato en los brazos dándole más atención al animal que a aquellos personajes presuntuosos y terriblemente importantes.

No se podía quejar de que lo llamaran “loco”, ¿verdad? Sus sabios consejos los daba también bajo forma de píldoras chistosas.
Una vez, un fraile, que le parecía demasiado vanidoso y satisfecho de su propia elocuencia (uno de esos a los que les gusta escucharse a sí mismos), lo obligó a predicar sin la túnica, luciendo una especie de calzones hasta las rodillas (como se usaba entonces).


SE REÍAN DE LAS APARIENCIAS”

“Cuando nos preocupa lo mundano, no nos preocupa lo esencial”

En tiempos de San Felipe, en Roma, vivía otro personaje amigo de nuestro santo: San Félix de Cantalicio, primer santo de la Orden de los franciscanos capuchinos. Se paseaba siempre alegre por la Ciudad Eterna mendigando y distribuyendo a los pobres lo que había recogido. Con San Felipe se llevaban que daba gusto.

Cuando se encontraban por la calle se deseaban mala suerte diciéndose: “¡Cuándo te veré en la hoguera!” Y se oía la respuesta del otro: “¡Que te parta un rayo”.

Un día, siempre bromeando, se desafiaron delante de un pequeño grupo de gente que pasaba por allí.

Ahora veré si sabes vivir bien la mortificación -dice Félix a Felipe ofreciéndole una bota de vino.

San Felipe la agarró y bebió en medio de las risas de la gente, que pensaría ver a un cura borracho.

Pero después dijo: “Ahora veremos si tú estás mortificado”; y le encajó en la cabeza del fraile un enorme sombrero de cura sobre la capucha del hábito.

De modo que esa tarde fueron el gracioso y ridículo espectáculo de la gente.
Y pensar que continuamente nos amargamos si no tenemos nuestra ropa al detalle.

DICHOS DE SAN FELIPE
"Quien quiera algo que no sea Cristo,
no sabe lo que quiere;
quien pida algo que no sea Cristo,
no sabe lo que pide;
quien no trabaje por Cristo,
no sabe lo que hace"
-San Felipe Neri

"Como es posible que alguien que cree en Dios
pueda amar algo fuera de Él".
-San Felipe Neri

"¿Oh Señor que eres tan adorable
y me has mandado a amarte,
por qué me diste tan solo un corazón
y este tan pequeño?" –San Felipe Neri


Bibliografía
Butler, Vida de los Santos, Vol II
PP. Louis Poncelle y Louis Bourdet, St. Philip Neri and teh Roman Society of his times.