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Un deseo santo

En el año 1818 un sacerdote de la diócesis de Lyon es destinado a una pequeña aldea, llamada Ars. El sacerdote es el coadjutor de la parroquia de Ecully y se llama Juan María Bautista Vianney. La aldea de Ars está a 35 kilómetros de Lyon. Y un buen día, el reverendo Vianney se encamina a Ars. Al acercarse a la aldea de su destino, era tanta la niebla que el buen cura pierde la orientación. Estando extraviado por aquellos campos, tiene la fortuna de encontrarse con unos niños pastores que están cuidando sus ovejas. Se acerca a ellos para preguntarles el camino de Ars. Uno de los chavales, llamado Antonio Grive, se lo indica. Amiguito ‑díjole el Rvdo. Vianney‑, tú me has mostrado el camino de Ars; yo te mostraré el camino del cielo. Después el joven pastor le dice que el lugar donde se halla es justo el límite de la parroquia, e inmediatamente el joven sacerdote se pone de rodillas y reza. Y pasará a la historia y será conocido por todo el mundo como el Santo Cura de Ars.

De este sacerdote santo escribió el beato Juan XXIII: Hablar de san Juan María Vianney es recordar la figura de un sacerdote extraordinariamente mortificado que, por amor de Dios y por la conversión de los pecadores, se privaba de alimento y de sueño, se imponía duras disciplinas y que, sobre todo, practicaba la renuncia de sí mismo en grado heroico.

Juan María Vianney nació a media noche, el 8 de mayo de 1786 y fue bautizado el mismo día de su nacimiento en la parroquia de Dardilly, pequeña aldea próxima a Lyon. Educado en un ambiente cristiano, un día le dijo a su madre: Si yo fuese sacerdote, querría ganar para Cristo muchas almas. Y para conseguir del Dios el don del sacerdocio, el joven Vianney reza sin cesar e implora luces al Espíritu Santo.

Ordenación sacerdotal

En 1812 ingresó en el seminario menor de Verriéres, y más tarde pasó al Seminario de San Ireneo de Lyon. Fue un seminarista ejemplar en su comportamiento y vida de piedad, pero los estudios fueron para él motivo de gran sufrimiento. Las clases se daban en latín, lengua en la que se desenvolvía con gran dificultad. Con gran esfuerzo logró superar los exámenes, pero los profesores del seminario expusieron en la curia diocesana sus dudas sobre la idoneidad para el sacerdocio de Juan María debido a sus pocas luces. El Vicario general de la diócesis, después de oír a los profesores, les preguntó: ¿Es piadoso el joven Vianney?, ¿sabe rezar bien el rosario?, ¿tiene devoción a la Santísima Virgen? ‑Es un modelo de piedad, fue la respuesta. Pues bien, lo ordenamos; la gracia divina hará el resto.

El 13 de agosto de 1815, cuando tenía 29 años de edad, Juan María Vianney era ordenado sacerdote de Cristo de manos de monseñor Simon, en la capilla del seminario mayor de Grenoble. Durante toda su vida recordó aquel día. Y su amor al sacerdocio fue siempre creciendo, hasta llegar a exclamar: ¡Oh, el sacerdote es algo grande! No se sabrá lo que es, sino en el cielo. Si lo entendiéramos en la tierra, moriría uno, no de espanto, sino de amor.

Una vez ordenado, fue nombrado ayudante de su bienhechor, el P. Balley, párroco de Ecully, pero meses después fue destinado a Ars. Cuando le comunicaron el nombramiento, le dijeron escuetamente: No hay mucho amor de Dios en esta parroquia; vos procuraréis introducirlo. Y desde el primer momento se propuso la conversión de la pobre y pequeña parroquia de Ars, a base de mucha oración y de grandes penitencias. Su preocupación constante eran las almas, y por ellas rezaba: Dios mío, recordadme la conversión de la parroquia; yo me ofrezco a sufrir todo lo que Vos queráis, durante toda la vida. Sí, los dolores más agudos durante cien años, con tal de que ellos se conviertan.

Una predicación directa

Desde el principio se ocupó por el decoro de la casa de Dios, poniendo especialmente esmero en todo lo relacionado con el culto: ornamentos, vasos sagrados, funciones litúrgicas… Preparaba cuidadosamente los actos de culto y sus sermones. En una ocasión, fue invitado por el párroco de un pueblo cercano a predicar. Ya se había corrido la voz que el cura de Ars decía la verdad sin disculpar los vicios, y esto hacía que los hombres saliesen de la iglesia cuando el reverendo Vianney subía al púlpito. Dándose cuenta de ello, Vianney, antes de comenzar a predicar, dijo: Esta tarde voy a predicar sobre el robo. Si hay algunos que se sientan culpables, que salgan antes de que comience. Aquel día nadie salió del templo.

No tenía facilidad de palabra, por lo que le llevaba bastante tiempo la preparación de sus sermones, tiempo que robaba al sueño. Su predicación era directa, sin expresiones ni gestos grandilocuentes, pero estaban llenos de contenido sobrenatural y sentido realista.

En un sermón sobre el pecado dijo: Cuando realizamos alguna acción contra la ley de Dios, nuestra conciencia, que es nuestro juez, nos dice interiormente: “¿Qué vas a hacer?… He aquí tu placer por un lado y a tu Dios por otro; es imposible agradar a ambos al mismo tiempo: ¿por cuál de los dos te vas a declarar?… Renuncia o a tu Dios o a tu placer”. ¡Ay!, ¡cuántas veces, en semejante ocasión, hacemos como los judíos: nos decidimos por Barrabás, esto es, por nuestra pasiones! ¡Cuántas veces hemos dicho: “Quiero mis placeres”! Nuestra conciencia nos ha advertido: “Mas ¿qué será de tu Dios?” ‑“No me importa lo que va a ser de mi Dios, responden las pasiones; lo que quiero es gozar”. ‑“No ignoras, nos dice la conciencia, mediante los remordimientos que nos sugiere, que, entregándote a esos placeres prohibidos, vas a dar nueva muerte a tu Dios”.


‑“¿Qué me importa, replican las pasiones, que sea crucificado mi Dios, con tal que satisfaga yo mis deseos?” ‑“Mas ¿qué mal te hizo Dios, y qué razones hallas para abandonarle? ¡Sabes muy bien que cuantas veces le despreciaste, te has arrepentido después, y no ignoras tampoco que, siguiendo tus malas inclinaciones, pierdes tu alma, pierdes el cielo y pierdes a tu Dios!” Mas la pasión, que arde en deseos de verse satisfecha, dice: “¡Mi placer, he aquí mi razón: Dios es el enemigo de mi placer, sea, pues, crucificado!”


‑“¿Preferirás a tu Dios el placer de un instante?” ‑“Sí, clama la pasión, venga lo que viniere a mi alma y a mi Dios, con tal que pueda yo gozar”.


Y aquí tenéis, lo que hacemos cuantas veces pecamos. Es cierto que no siempre nos damos cuenta con toda claridad de ello; mas sabemos muy bien que nos es imposible desear y cometer un pecado, sin que perdamos a nuestro Dios, el cielo y nuestra alma.

Sus palabras eran siempre una invitación a tratar más a Dios a través de la oración y de los sacramentos.

Una intensa labor pastoral

Su celo pastoral le llevó a pasar la mayor parte del día sentado en el confesonario administrando el sacramento de la Penitencia. Pronto comenzaron las peregrinaciones a Ars. Muchos pecadores viajaban a la pequeña aldea para confesarse con el reverendo Vianney. Las conversiones eran numerosas, imposible de contarlas. Es sin duda alguna su incansable entrega al sacramento de la Penitencia lo que ha puesto de manifiesto el carisma principal del Cura de Ars y le ha dado justamente su fama. Son palabras del papa Juan Pablo II.

Su acción pastoral fue inmensa: Bautismos, entierros, visitas casa por casa a sus feligreses y con especial frecuencia y dedicación a los enfermos, preparación minuciosa de todas las ceremonias litúrgicas, predicación y catequesis, rezo del Santo Rosario; también hizo resurgir y potenciar antiguas cofradías que renovaron la piedad de sus feligreses, hasta el extremo de hacerle exclamar gozoso: Ars ya no es Ars, se ha cambiado.


Alma de oración

Dios permitió que el Cura de Ars sufriera contradicciones venidas por parte del clero. Él las supo llevar con entereza de ánimo y con una gran humildad. Un día recibió una carta. La escribió un sacerdote, en la que ‑con evidente falta de caridad, y quizás, con envidia‑ le decía: Señor Cura, cuando se sabe tan poca teología como usted, no se debe uno sentar en el confesonario. La respuesta de Juan María Vianney fue la siguiente: Mi querido y venerado compañero: ¡Cuántos motivos tengo para amaros! Vos sólo me habéis conocido bien. Puesto que sois tan bueno que os dignáis interesaos por mi pobre alma, ayudadme a conseguir la gracia que pido desde hace tiempo, a fin de que sea relevado de mi puesto, del que no soy digno a causa de mi ignorancia, y pueda retirarme a un rincón para allí llorar mi pobre vida. ¡Cuánta penitencia he de hacer, cuántas cosas he de expiar, cuántas lágrimas he de derramar!…

Era un hombre enamorado de Dios. Esta fue su oración en más de una ocasión: Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida. Te amo, Dios mío infinitamente amable, y prefiero morir amándote a vivir sin amarte. Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente… Dios mío, si mi lengua no puede decir en todos los momentos que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro.

Siempre estaba metido en Dios. Estando un día de primavera paseando con un amigo por el campo, observó a los pájaros que estaban en las ramas de los árboles llenando el aire y el cielo con sus trinos. El Cura de Ars se detuvo para escuchar. Al cabo de un momento dijo: ¡Ah!, vosotros, pajarillos, fuisteis creados para cantar, y cantáis. El hombre fue creado para amar a Dios… y no lo ama.

Anécdotas

Son muchas las anécdotas de este santo sacerdote. Una de ellas es la siguiente: Un campesino de Ars llevaba largo rato delante del Sagrario. Pasó más de una hora, y el reverendo Vianney se le acercó para preguntarle: ¿Qué haces aquí tanto tiempo? Y el buen hombre le contestó: Yo le miro, Él me mira. Nada más.

En otra ocasión, al entrar en la iglesia parroquial, vio a una mujer llorando. Se dirigió a ella e iluminado por Dios, le dijo: Vuestra oración, señora, ha sido oída. Vuestro marido se ha salvado. La mujer no salía de su asombro ante esas palabras, porque su marido no había sido practicante de la religión y su muerte fue repentina. El Cura de Ars añadió: Acordaos de que un mes antes de morir, cogió de su jardín la rosa más bella y os dijo: “Llévala a la imagen de la Virgen Santísima…” Ella no lo ha olvidado.


Lo central de su vida, como sacerdote, era celebrar la Misa. La Misa era lo más grande para él. Durante sus cuarenta años en Ars, antes de celebrar la misa (de ordinario a las siete de la mañana) se preparaba durante casi una hora de oración... ¿era tan grande lo que iba realizar!:

"Si uno tuviera suficiente fe, vería a Dios escondido en el sacerdote como una luz tras su fanal, como un vino mezclado con el agua.
Hay que mirar al sacerdote, cuando está en el altar o en el púlpito, como si de Dios mismo se tratara".

Su gran preocupación es inculcar en los cristianos la convicción de que en la tierra estamos de paso, que vale la pena vivir siendo avaros del cielo. La tierra es comparable a un puente que nos sirve para cruzar un río; sólo sirve para sostener nuestros pies.
Estamos en este mundo, pero no somos de este mundo, puesto que decimos todos los días: Padre nuestro que estás en los cielos. Hay que esperar nuestra recompensa cuando estemos en nuestra casa, en la casa paterna".

Quiso vivir pobremente, prescindiendo de todo lo posible, para que nada le atase. Y si podía dar, prescindía sin pensárselo dos veces. Un día, cuando se dirigía al orfanato para explicar el catecismo, se cruzó con un pobre desgraciado que llevaba el calzado destrozado. Inmediatamente, el Cura le dio sus propios zapatos y continuó su camino hacia el orfanato intentando ocultar sus pies descalzos bajo la sotana.

En invierno iban muchos pobres a su casa a pedir: "Qué feliz estoy -decía- de que vengan los pobres! Si no viniesen, tendría que ir yo a buscarlos y no siempre hay tiempo".



En la antigua casa parroquial de Ars se conservan, y pueden verse todavía, las disciplinas y el cilicio del Cura de Ars, pero su principal instrumento de mortificación no está ahí. Lo han dejado en la Iglesia, pues era el confesionario. Durante largo tiempo del día permanecía sentado en el confesionario, prisionero de los pecadores. De ahí que sufriese una serie de hernias muy dolorosas.
Comentaba en una ocasión el señor Camilo Monnin: Nunca se sentaba en las visitas. Sin duda que era por deferencia a las personas que recibía, pero también a causa de las hernias que sufría y que había contraído permaneciendo tantas horas sentado en el confesionario.


A los padres les insistía en que atendiesen el alma de sus hijos, que es lo que más vale de ellos.
"Esa madre que no tiene en la cabeza otra cosa que su hija..., pero que se preocupa mucho más por mirar si lleva bien puesto el sombrero que en preguntarle si ha dado a Dios su corazón. Le dice que no ha de parecer uraña, que tiene que ser amable con todo el mundo, para llegar a entablar amistades y colocarse bien... y la hija se esfuerza en seguida en atraer las miradas de todos".

Así forman a las hijas moviéndolas a que vistan de cualquier manera, poniendo más atención en lo externo suyo que en su interior y cuando visten indecentemente, son instrumentos para perder a las almas. y sólo en el tribunal de Dios se sabrá el número de crímenes que habrá hecho cometer...".


* La Santa Virgen está entre su Hijo y nosotros. Aunque seamos pecadores, ella está llena de ternura y de compasión hacia nosotros. El niño que más lágrimas ha costado a su madre es el más querido. ¿No corre una madre siempre hacia el más débil y expuesto? Un médico en un hospital, ¿no presta más atención a los más enfermos?"

* El hombre había sido creado para el cielo. El demonio rompió la escalera que conducía a él. Nuestro Señor, por su pasión, ha construido otra para nosotros. La santísimaVirgen está en lo alto de la escalera y la sostiene con sus manos".

* María, no me dejes ni un instante, estate siempre a mi lado. Volvamos a ella con confianza, y estaremos seguros de que, por miserables que seamos, ella obtendrá la gracia de nuestra conversión.
María es tan buena que no deja de echar una mirada de compasión al pecador. Siempre está esperando que le invoquemos.
En el corazón de María no hay más que misericordia".

Una señora le dijo:
- Hace tres días que no he podido hablar con usted.
- En el paraíso, hija mía; hablaremos en el paraíso.

Otra le dice:
- He caminado cien leguas para verlo.
- No valía la pena venir de tan lejos para eso.

Otra señora:
- Padre mío, sólo una palabrita.
- Hija mía, ya me has dicho veinte.

Una viuda le pregunta:
- ¿Mi marido está en el purgatorio?
- No sé, no he estado allí.

Una jovencita:
- Padre, quisiera que me diga cuál es mi vocación.
- Tu vocación es ir al cielo.

Un hombre temeroso:
- Tengo miedo de ir al infierno.
- Los que tienen miedo de ir al infierno, tienen menos riesgos de ir que los otros.

A una señora, que hablaba mucho, le preguntó:
- Dígame, señora, ¿cuál es el mes del año en que habla usted menos?
Ella le respondió que no sabía. Y él le aclaró, sonriendo:
- Debe ser el mes de febrero, pues es el mes que tiene menos días que los demás.

*****

Sebastián Germain era muy conocido del santo cura y le había ayudado a misa muchas veces de niño. Un día de julio de 1859, fue a visitarlo y lo encontró en la plaza rezando el rosario. El padre Vianney, antes de que le explicase el motivo de su visita, le dijo:

- Toma cuatro rosarios para tus hijos.
- Pero señor cura, yo solo tengo tres hijos.
- El cuarto será para tu hija.

Al año siguiente, nacía la pequeña María que llenó de alegría el hogar.


Después de un sermón, alguien le preguntó: Señor cura, ¿por qué, cuando usted reza casi no se le entiende y, cuando predica, usted habla tan fuerte?
Porque, cuando predico, hablo a sordos, a gente que duerme, mientras que, cuando rezo, hablo con el buen Dios que no está sordo.


*****

Un rico protestante tuvo un diálogo con el santo. Al final, le regaló una medalla de la Virgen. El protestante le dijo: Usted da una medalla a un herético, pues para usted yo soy un herético, pero yo confío en Cristo que dijo: “El que cree en mí, tendrá la vida eterna”. Y le respondió: “Amigo mío, también Jesús ha dicho: El que no escucha a la Iglesia, sea considerado como un pagano (Mt 18, 17). Él dice que hay un solo rebaño y un solo pastor. Él ha puesto a Pedro como jefe de su rebaño. No hay dos maneras buenas de servir a Nuestro Señor. Sólo hay una que es servirle como Él quiere ser servido”


Muerte santa

El jueves, 4 de agosto de 1859, a las dos de la madrugada, Juan María Bautista Vianney entregaba su alma a Dios sin agonía, se dormía como el obrero que ha terminado bien su jornada. Tenía setenta y tres años, diez meses y veintisiete días, y hacía cuarenta y un años, cinco meses y veintitrés días que era Cura de Ars.

La noticia se propagó enseguida por toda la comarca. El cuerpo del santo fue revestido con los ornamentos sacerdotales y expuesto a la veneración de los fieles. El día 6 de agosto recibió cristiana sepultura.

El 8 de enero de 1905 fue beatificado por san Pío X y veinte años más tarde, el 31 de mayo de 1925, canonizado por Pío XI. Este mismo romano pontífice lo declaró en 1929 Patrono de todos los párrocos del mundo. El papa Juan Pablo II escribió de él, en la Carta dirigida a los sacerdotes para el Jueves Santo de 1986: El Cura de Ars es un modelo de celo sacerdotal para todos los pastores. El secreto de su generosidad se encuentra sin duda alguna en su amor a Dios, vivido sin límites, en respuesta constante al amor manifestado en Cristo crucificado. En ello funda su deseo de hacer todas las cosas para salvar las almas rescatadas por Cristo a tan gran precio y encaminarlas hacia el amor de Dios.
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