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José María de Yermo y Parres-19 de Septiembre

Un espectáculo horrendo

Fue un día de agosto de 1885. El recién nombrado párroco de uno de los barrios más pobres de León, Guanajuato, denominado "El Calvario", va caminando tranquilo de regreso a casa. De repente, poco antes de llegar, en un recodo del camino, junto a un río, no puede creer lo que ven sus ojos. Se para en seco. Un escalofrío, como un rayo, le recorre todo el cuerpo. Se marea. Unos cerdos están devorando a dos niños recién nacidos, que han sido abandonados por su madre. ¿Les habrá dejado allí vivos esa mujer ? Quién sabe… Pero la impresión le quedará al sacerdote para siempre y aquello es una llamada que durará toda la vida. Desde entonces no hay en él descanso hasta conseguir los medios que resuelvan esa grave necesidad. Hay que dedicar la vida a los más pobres, a los que nadie quiere, y también formar a la juventud y socorrer a los menesterosos que llenan la ciudad.

José María de Yermo y Parres había nacido en la hacienda de Jalmolonga, en el Estado de México, en noviembre de 1851. A los cincuenta días, muere su madre. Su padre le lleva a vivir a la Ciudad de México, donde unos tíos le hacen crecer en un hogar cristiano, de sólidas costumbres. Años después, buen estudiante, obtiene la medalla al mérito, que le entrega en mano el mismo emperador Maximi­liano, en 1864. Por entonces viene ya presintiendo una posible vocación de entrega a Dios.

Entra en la Congregación de la Misión de los Padres Paúles y emite los votos religiosos. Le envían luego a París a hacer sus estudios de Filo­sofía. Cuando más tarde vuelve a México no se siente llamado a la vida religiosa, abandona la Congregación y se incardina en la diócesis de León donde es ordenado en agosto de 1879 por el célebre Obispo D. José María de Jesús Díez de Sollano. Comienza a hacer obras en favor de la juventud. Es muy buen predicador —la gente que iba a oírle no cabía en el templo— y experto director de almas. Su confesionario está siempre muy concurrido. Por entonces es profesor del seminario, luego secretario del Obispado hasta que sus superiores le piden que deje todo eso para dedicarse a los populo­sos suburbios de la ciudad.

Querer a los que el mundo desprecia

En 1885 funda la Congregación de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres. Es tal su deseo de imitar a Jesucristo que escribe: Quiero imitar a Cristo, mi buen Jesús, que vino a enseñarnos con su Palabra y con su ejemplo, el amor de preferencia para con los pobres y desgraciados que el mundo desprecia.

¿A quiénes dedicará su vida? A mendigos, ancianos, enfermos, mujeres de mala vida, niños recién nacidos, los más marginados, como los hay en todas las ciudades del mundo. Siempre faltan brazos para atender menesterosos, hambrientos, desempleados, gente desvalida y sin casa. Con enormes dificultades y sufrimientos José María se va abriendo camino para esa tarea.

Es trabajo duro que requiere un olvido total de sí mismo y que inculca a las primeras hermanas de su Congregación: ….bien sé que cuesta a la naturaleza respetar a un anciano o anciana achacosa, sucios, impertinentes, groseros o viciosos; pero vendrá luego la fe a descubrirles, bajo aquél repugnante aspecto a un alma redimida con la preciosa Sangre de Cristo, a un alma que ustedes pueden ganar para el cielo… . Cada uno de ellos lleva en sus padecimientos los sufrimientos de Cristo.

El 18 de junio de 1888 hay una grave inundación en la ciudad. El Padre Yermo se distingue por su heroísmo y entrega para rescatar a los afectados y por dar hospitalidad en el asilo de “El Calvario” a unos tres mil que se han quedado sin casa y sin nada. Además, hay que defenderles de las in­justicias y salir en defensa de sus derechos. Por entonces y con este motivo un hombre de la política la otorga el título de "Gigante de la Caridad".

Más tarde la nueva Congregación da sus primeros pasos entre los pobres de la ciudad de Puebla. A partir de ésta, se van sucediendo las numerosas fundaciones de beneficencia para mujeres, jóvenes y niños. En el último año de vida del padre José María, su alma de apóstol le lleva a fundar una casa misión en la Sierra Tarahumara de Chihuahua para la evangelización y promoción de marginados indígenas de la región.

Todos tenemos a nuestro lado a alguien que sufre

Cualquier persona, si ésa es su vocación, puede dejar todo y dedicarse por entero a atender a los pobres. Gran vocación es ese ideal. Pero, todos los demás, tenemos que advertir que pobres siempre hay a nuestro lado. No hace falta ir muy lejos para encontrarles. Abundan en todas las poblaciones. Y pobres no son sólo los que están sucios, raquíticos, que alargan la mano pidiendo una limosnita por el amor de Dios, en la parada de un semáforo o en una esquina. También hay pobres con algunos o muchos medios económicos que sufren una pobreza cruel que es la soledad. ¿Acaso no hay en nuestro propio hogar, en la oficina, en la fábrica, una persona sola, un amigo, compañero de trabajo, que sufre una desgracia o pasa un mal momento? Sobran los que necesitan nuestro afecto y cuidados para atender su salud o su descanso. ¡Y cuánto se agradece un saludo, una corta visita, una carta, un e-mail, una breve llamada telefónica!. A veces es un hijo, un hermano que no vemos hace meses, un tío, el abuelo, un pariente lejano que se ha quedado solo, un amigo que pasa por una preocupación… Además, hay decenas de hospitales que están a reventar de enfermos solitarios, que serán felices un mes entero sólo porque alguien —no importa que sea un desconocido— les lleve un poco de conversación, una sonrisa, algo de afecto. Cada uno es el mismo Cristo: todo lo que hicisteis por uno de éstos, a Mí me lo hicisteis (Mt, 25, 40).

De un modo muy especial nos necesitan los ancianos, sean muy pobres, de clase media, ricos o millonarios. Da lo mismo. Visitarles es una obra de misericordia cada día más necesaria, porque este mundo materia­lista y hedonista en el que vivimos los aísla cada vez más. Los considera inúti­les, de un modo injusto, como si fueran sólo parte de un inventario, una carga… Hay que aliviar su soledad, darles cariño y comprensión. Estos sufrimientos son peores que cualquier dolor físico, y más cuando los causan sus propios fa­miliares. A veces pensaremos que los más necesitados somos nosotros mismos y los demás son quienes deben atendernos. Será útil recordar el sabio dicho popular: "si te encuentras solo, busca a uno que esté más solo que tú".

El Padre José María es llamado por Dios a la eternidad el 20 de sep­tiembre de 1904, en Puebla, rodeado por sus predilectos, los pobres y miem­bros de su familia religiosa. Ya moribundo pide que entonen el himno a la Virgen "Ave Maris Stella."

El Papa Juan Pablo II declaró Beato al Padre José María en 1990 durante su segunda visita a México. En aquella ocasión se refería a él con estas palabras: La gra­cia del Espíritu Santo resplandece también hoy en otra figura que reproduce los rasgos del Buen Pastor: el padre José María de Yermo y Parres. En él están delineados con claridad los trazos del auténtico sacerdote de Cristo, porque el sacerdocio fue el centro de su vida y la santidad sacerdotal su meta. Su intensa dedicación a la oración y al servicio pastoral de las al­mas, así como su dedicación específica al apostolado entre los sacerdotes con retiros espirituales, acreciente el interés por su figura. Apóstol de la caridad, como le llamaron sus contemporáneos, el padre José María unió al amor a Dios y el amor al prójimo, síntesis de la perfec­ción evangélica, con una gran devoción al Corazón de Jesús y con un amor particular hacia los pobres. Su celo ardiente por la gloria de Dios lo lle­vaban también a desear que todos fueran auténticos misioneros.

Como él, hay tantas personas en el mundo que pasan desapercibidas. Miles y miles de personas que dedican silenciosamente su vida a cuidar de un hijo o pariente inválido y solo. Consagran silenciosamente su tiempo entero a los que nadie ama. Han renunciado a lo suyo y viven en voluntaria pobreza para enriquecer a otros. Y son felices.

Uno de esos es José María de Yermo y Parres. Juan Pablo II, diez años después de su beatificación, el 21 de mayo de 2000, lo declaró santo y dijo de él: … vivió su entrega sacerdotal a Cristo adhiriéndose a Él con todas sus fuerzas, a la vez que se destacaba por una actitud primordialmente orante y contemplativa. En el Corazón de Cristo encontró la guía para su espiritualidad, y considerando su amor infinito a los hombres, quiso imitarlo haciendo la regla de su vida la caridad .

A veces somos ingenuos. Creemos que los grandes protagonistas del mundo son los que están en los monumentos de las avenidas, los que aparecen en los periódicos, los llamados “famosos”, artistas o deportistas, jefes de Estado, quienes dirigen grandes empresas, o los que transfieren millones de dólares de un banco a otro…. No hay que negar su contribución a la sociedad. Cada uno desempeña su papel. Cada quien hace su tarea. Todas las profesiones nobles son necesarias. Pero de vez en cuando hay que pensar también en los que nadie piensa, en ésos que no tienen casi nombre, y no recibirán en esta vida consideraciones, premios ni reconocimientos y quizá nunca se sabrá que “existieron”. Pero son un cimiento muy escondido bajo tierra y, sólo gracias a ellos, este mundo en el que vivimos, a pesar de todo, todavía sigue siendo humano.

Basílica de Guadalupe. Homilía, 6 de mayo de 1990
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