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CARTA SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA A LOS EFESIOS


En su viaje desde Antioquía hacia Roma, donde tendría lugar su ejecución, escribió siete epístolas. Cinco de ellas estaban dirigidas a las comunidades cristianas de Éfeso, Magnesia, Tralles, Filadelfia y Esmirna, ciudades de Asia Menor que habían enviado representantes para darle la bienvenida a su paso por ellas. Las otras dos tenían por destinatarios a Policarpo, obispo de Esmirna, y a la comunidad cristiana de su destino, Roma.
Estas cartas constituyen una importante fuente de información para conocer las creencias y organización de la Iglesia cristiana primitiva. Ignacio las escribió como advertencias contra las doctrinas heréticas, lo que permite a sus lectores contar con resúmenes detallados de la doctrina cristiana.

También proporcionan un claro retrato de la organización de la Iglesia como comunidad de fieles reunida en torno a la dirección de un obispo, asistido por un concilio de presbíteros y diáconos. Fue el primer escritor cristiano que insistió en la concepción virginal de María y que utilizó el término Iglesia católica para referirse a la colectividad de fieles. 


Fuente: www.primeroscris www.primeroscristianos.com tianos.com tianos.com


Ignacio, llamado también Teóforo, a aquella que es grandemente bendecida en la
plenitud de Dios Padre, predestinada antes de los siglos a estar por siempre, para
una gloria que no pasa, inquebrantablemente unida y elegida en la pasión
verdadera, por la voluntad del Padre y de Jesucristo nuestro Dios, a la Iglesia
digna de ser llamada bienaventurada, que está en Éfeso de Asia, mi saludo en
Jesucristo y en un gozo irreprochable.

I. He acogido en Dios vuestro nombre bienamado, que habéis adquirido por
vuestra naturaleza justa, según la fe y la caridad en Cristo Jesús, nuestro
Salvador; imitadores de Dios, reanimados en la sangre de Dios, vosotros habéis
llevado a la perfección la obra que conviene a vuestra naturaleza. 2. Apenas
habéis sabido en efecto que yo venía de Siria encadenado por el Nombre y la
esperanza que nos son comunes, esperando tener la suerte, gracias a vuestras
oraciones, de combatir contra las bestias en Roma, para poder, si tengo esa
suerte, ser discípulo; vosotros os apresurasteis en venir a verme. 3. Es así que a
toda vuestra comunidad he recibido, en el nombre de Dios, en Onésimo, varón de
una indecible caridad, vuestro obispo según la carne. Deseo que vosotros lo
améis en Jesucristo, y que todos os asemejéis a él. Bendito sea aquél que os a
hecho la gracia, a vosotros que habéis sido dignos, de tener tal obispo.

II. Para Burro, mi compañero de servicio, vuestro diácono según Dios, bendito en
todas las cosas, deseo que permanezca a mi lado para haceros honor a vosotros y
a vuestro obispo. En cuanto a Croco, digno de Dios y de vosotros, a quien he
recibido como una muestra de vuestra caridad, ha sido para mí consuelo en todas
las cosas: quiera el Padre de Jesucristo consolarlo también a él, junto con
Onésimo, Burro, Euplo y Frontón; en ellos es a todos vosotros a quienes he visto
según la caridad. 2. Pueda yo gozar de vosotros para siempre, si yo fuera digno
de ello. Conviene, pues, glorificar en toda forma a Jesucristo, que os ha
glorificado a vosotros, a fin de que, reunidos en una misma obediencia,
sometidos al obispo y al presbiterio, vosotros seáis santificados en todas las
cosas.

III. Yo no os doy órdenes como si fuera alguien. Porque si yo estoy encadenado
por el Nombre, no soy aún perfecto en Jesucristo. Ahora, no he hecho más que
comenzar a instruirme, y os dirijo la palabra como a condiscípulos míos. Más
bien, soy yo quien tendrá necesidad de ser ungido por vosotros con fe,
exhortaciones, paciencia, longanimidad. 2. Pero ya que la caridad no me permite
callar respecto a vosotros, es por eso que he tomado la delantera para exhortaros
a caminar de acuerdo con el pensamiento de Dios. Porque Jesucristo, nuestra vida
inseparable, es el pensamiento del Padre, como también los obispos, establecidos
hasta los confines de la tierra, están en el pensamiento de Jesucristo.

IV. También conviene caminar de acuerdo con el pensamiento de vuestro obispo,
lo cual vosotros ya hacéis. Vuestro presbiterio, justamente reputado, digno de
Dios, está conforme con su obispo como las cuerdas a la cítara. Así en vuestro
sinfónico y armonioso amor es Jesucristo quien canta.

Que cada uno de vosotros también, se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra
concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por
Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras
buenas obras, como los miembros de su Hijo. Es, pues, provechoso para vosotros
el ser una inseparable unidad, a fin de participar siempre de Dios.

V. Si en efecto, yo mismo en tan poco tiempo he adquirido con vuestro obispo
una tal familiaridad, que no es humana sino espiritual, cuánto más os voy a
felicitar de que le estéis profundamente unidos, como la Iglesia lo está a
Jesucristo, y Jesucristo al Padre, a fin de que todas las cosas sean acordes en la
unidad. 2. Que nadie se extravíe; si alguno no está al interior del santuario, se
priva del "pan de Dios"[1]. Pues si la oración de dos tiene tal fuerza, cuánto más
la del obispo con la de toda la Iglesia. 3. Aquél que no viene a la reunión común,
ése ya es orgulloso y se juzga a sí mismo, pues está escrito: "Dios resiste a los
orgullosos"[2]. Pongamos, pues, esmero en no resistir al obispo, para estar
sometidos a Dios.

VI, I. Y mientras más vea uno al obispo guardar silencio, más se le debe
reverenciar; pues aquél a quien el Señor de la casa envía para administrar su casa,
debemos recibirlo como aquél mismo que lo ha enviado. Entonces está claro que
debemos ver al obispo como al Señor mismo. 2. Por otra parte, Onésimo mismo
eleva muy alto vuestra disciplina en Dios, expresando con sus alabanzas que
todos vosotros vivís según la verdad, y que ninguna herejía reside entre vosotros,
sino que, por el contrario, vosotros no escucháis a persona alguna que les hable
de otra cosa que no sea de Jesucristo en la verdad.

VII. Porque algunos hombres con perversa astucia tienen el hábito de tomar para
todo el Nombre, pero obrando de otro modo y de manera indigna de Dios; a
aquellos, debéis evitarlos como a las bestias salvajes. Son perros rabiosos, que
muerden a escondidas. Debéis estar en guardia, pues sus mordeduras esconden
una enfermedad difícil de curar. 2. No hay más que un solo médico, carnal y
espiritual, engendrado y no engendrado, Dios venido en carne, en la muerte vida
verdadera, Hijo de María e Hijo de Dios, primero pasible y ahora impasible,
Jesucristo Nuestro Señor.

VIII. Que nadie, pues, os engañe, como por otra parte, no os dejéis engañar,
siendo enteramente de Dios. Cuando sobre vosotros no se abata ninguna querella
que pudiera atormentaros, entonces quiere decir que verdaderamente vosotros
vivís según Dios. Yo soy vuestra víctima expiatoria, y por vuestra Iglesia yo me
ofrezco en sacrificio, efesios, Iglesia que es renombrada por los siglos. 2. Los
carnales no pueden hacer las obras espirituales, ni los espirituales las obras
carnales, como tampoco la fe puede hacer las obras de la infidelidad, ni la
infidelidad las de la fe. Pero aquellas mismas obras que vosotros hacéis en la
carne son espirituales, pues es en Jesucristo que vosotros lo hacéis todo.
IX,1. Yo he sabido que algunos venidos de allá han pasado por vosotros,
portadores de una mala doctrina, pero no les habéis permitido sembrarla entre
vosotros, tapasteis vuestros oídos para no recibir lo que ellos siembran, ya que
vosotros sois piedras del templo del Padre, preparados para la construcción de
Dios Padre, elevados hasta lo alto por la palanca de Jesucristo, que es la cruz,
sirviendo como soga el Espíritu Santo; vuestra fe os tira hacia lo alto, y la caridad
es el camino que os eleva hacia Dios.

2. Entonces todos vosotros sois también
compañeros de ruta, portadores de Dios y portadores del templo, portadores de
Cristo, portadores de santidad, adornados en todo de los preceptos de Jesucristo.
Por mi parte, con vosotros me alegro porque he sido juzgado digno de
mantenerme con vosotros mediante esta carta y de regocijarme con vosotros que
vivís una vida nueva, no amando nada más que a Dios.

X. "Orad sin cesar"[3] por los otros hombres, porque hay en ellos esperanza de
arrepentirse, para que lleguen a Dios. Permitidles, pues, al menos por vuestras
obras, ser vuestros discípulos. 2. Frente a sus iras, vosotros sed mansos; a sus
jactancias, vosotros sed humildes; a sus blasfemias, vosotros mostrad vuestras
oraciones; a sus errores, vosotros sed "firmes en la fe"[4]; a su fiereza, vosotros
sed apacibles, sin buscar imitarlos. 3. Sed hermanos suyos por la bondad y
buscad ser imitadores del Señor: --¿quién ha sido objeto de mayor injusticia?
¿quién más despojado? ¿quién más rechazado?-- para que ninguna hierba del
diablo se encuentre entre vosotros, sino que en toda pureza y templanza, vosotros
permanezcáis en Jesucristo, en la carne y el espíritu.

XI. Estos son los últimos tiempos; en adelante avergoncémonos y temamos que
la longanimidad de Dios no se torne en nuestra condenación. O bien temamos la
"ira venidera"[5], o bien amemos la gracia presente: o lo uno o lo otro. Solamente
si somos encontrados en Cristo Jesús entraremos en la vida verdadera. 2. Fuera
de Él que nada tenga valor para vosotros, sino Aquél por quien yo llevo mis
cadenas, perlas espirituales; quisiera resucitar con ellas, gracias a vuestra oración,
de la que quisiera ser siempre partícipe para ser hallado en la herencia de los
cristianos de Éfeso, que han estado siempre unidos a los apóstoles, por la fuerza
de Jesucristo.

XII. Yo sé quién soy y a quién escribo: yo soy un condenado; vosotros, habéis
obtenido misericordia; yo estoy en el peligro; vosotros estáis seguros. Vosotros
sois el camino por donde pasan aquellos que son conducidos a la muerte para
encontrar a Dios, iniciados en los misterios con Pablo, el santo, quien ha recibido
el martirio y es digno de ser llamado bienaventurado. Pueda yo ser encontrado
sobre sus huellas cuando alcance a Dios; en todas sus cartas os recuerda en
Jesucristo.

XIII. Poned, pues, empeño en reuniros más frecuentemente para rendir a Dios
acciones de gracia y alabanza. Porque cuando vosotros os reunís a menudo, las
potestades de Satanás son abatidas y su obra de ruina destruida por la concordia
de vuestra fe. 2. Nada es mejor que la paz, por la que se lleva a término toda
guerra, tanto celeste como terrestre.

XIV. Nada de todo eso os está oculto, si vosotros, por Jesucristo, tenéis a la
perfección la fe y la caridad, que son el principio y el fin de la vida: "el principio
es la fe, y el fin la caridad"[6]. Las dos reunidas, son Dios, y todo lo demás que
conduce a la santidad no hace más que seguirlas. 2. Nadie, si profesa la fe, peca;
nadie, si posee la caridad, aborrece. "Se conoce el árbol por sus frutos"[7]: así
aquellos que hacen profesión de ser de Cristo se reconocerán por sus obras.
Porque ahora la obra demandada no es la mera profesión de fe, sino el
mantenernos hasta el fin en la fuerza de la fe.

XV. Más vale callar y ser que hablar y no ser. Está bien enseñar, si aquél que
habla hace. No hay, pues, más que un solo maestro, aquél que "ha hablado y todo
ha sido hecho"[8] y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas de su Padre.
2. Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su
silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido
por su silencio. Nada es oculto al Señor, sino que hasta nuestros mismos secretos
están cerca de Él. 3. Hagamos, pues, todo como aquellos en quienes Él habita, a
fin de que seamos sus templos, y que Él sea en nosotros nuestro Dios, como en
efecto lo es, y se manifestará ante nuestro rostro si lo amamos justamente.

XVI. No os equivoquéis, hermanos míos: aquellos que corrompen una familia
"no heredarán el Reino de Dios"[9]. 2. Así, si los que hacen eso son condenados
a muerte, [exclamdown]cuánto más aquél que corrompe por su mala doctrina la
fe de Dios, por la que Jesucristo ha sido crucificado! Aquél que así sea, irá al
fuego inextinguible y lo mismo aquél que lo escuchare.

XVII. Si el Señor ha recibido una unción sobre su cabeza, es a fin de exhalar para
su Iglesia un perfume de incorruptibilidad. No os dejéis, pues, ungir del mal olor
del príncipe de este mundo, para que él no os conduzca en cautividad lejos de la
vida que os espera. 2. ¿Por qué no nos hacemos todos sabios, al recibir el
conocimiento de Dios, que es Jesucristo? ¿Por qué perecemos tontamente, al
desconocer el don que el Señor nos ha enviado verdaderamente?

XVIII. Mi espíritu es víctima de la cruz, que es escándalo para los incrédulos,
pero para nosotros salvación y vida eterna[10]: "¿Dónde está el sabio? ¿dónde el
disputador?"[11], ¿dónde la vanidad de aquellos que llamamos sabios? 2. Porque
nuestro Dios, Jesucristo, ha sido llevado en el seno de María, según la economía
divina, nacido "del linaje de David"[12] y del Espíritu Santo. Él nació y fue
bautizado para purificar el agua por su pasión.

XIX. Al príncipe de este mundo le ha sido ocultada la virginidad de María, y su
alumbramiento, al igual que la muerte del Señor: tres misterios sonoros, que
fueron realizados en el silencio de Dios. 2. ¿Cómo, pues, fueron manifestados a
los siglos? Un astro brilló en el cielo más que todos los demás, y su luz era
indecible, y su novedad sorprendente, y todos los otros astros junto con el sol y la
luna se formaron en coro alrededor suyo y él proyectó su luz más que todos los
astros. 2. Y ellos se turbaron preguntándose de dónde venía esta novedad tan
distinta de ellos mismos. 3. Entonces fue destruida toda magia, y toda ligadura de
malicia abolida, la ignorancia fue disipada, y el antiguo reino arruinado, cuando
Dios se manifestó hecho hombre, "para una novedad de vida eterna"[13]. Y lo
que había sido preparado por Dios se comenzó a realizar. Desde entonces, todo
se conmovió porque la destrucción de la muerte se preparaba.

XX. Si Jesucristo me concede la gracia, por vuestras oraciones, y si es su
voluntad, yo os explicaré en la segunda carta que debo escribiros la economía, de
la que he comenzado a tratar en lo concerniente al hombre nuevo, Jesucristo. Ella
consiste en la fe en Él y en el amor a Él, en su Pasión y su Resurrección. 2.
Sobretodo si el Señor me revela que cada uno en particular y todos juntos, en la
gracia que viene de su Nombre, os reunís en una misma fe, y en Jesucristo "del
linaje de David según la carne"[14], hijo del hombre e hijo de Dios, [os reunís]
para obedecer al obispo y al presbiterio en unidad de mente, rompiendo un
mismo pan que es medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, y alimento
para vivir en Jesucristo por siempre.

XXI. Yo soy vuestro rescate, por vosotros y por aquellos que, para honor de
Dios, habéis enviado a Esmirna, de donde os escribo, dando gracias al Señor, y
amando a Policarpo como os amo también a vosotros. Acordaos de mí así como
Jesucristo se acuerda de vosotros. 2. Rogad por la Iglesia que está en Siria, de
donde soy conducido a Roma encadenado, pues soy el último de los fieles de
allá, y yo he sido juzgado digno de servir al honor de Dios. Me despido en Dios
Padre y en Jesucristo, nuestra común esperanza.
........................
1. Jn 6, 33.
2. Prov 3,34; ver Stgo 4,6; 1Pe 5, 5.
3. 1Tes 5,17.
4. Col 1,23.
5. Mt 3,7.
6. 1Tim 1,5.
7. Mt 12,33.
8. Sal 32,9; 148,5.
9. 1 Cor 6,9-10.
10. Ver 1Cor 1,23-25
11. 1Cor 1,20.
12. Jn 7,42; Rom 1,3; 2Tim 2,8.
13. Rom 6,4.
14. Rom 1,3.
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